un duro oficio

Es difícil desprenderte del olor a puta, a pesar de los Jacuzzi interminables, siempre llegas a casa oliendo a puta.


Una noche más en la barra, a la espera de un cliente,  el tanga me roza y el aire acondicionado me eriza los pezones, y para evadirme, me acuerdo de mi pequeño. Si las putas tuviésemos estudios pondríamos en práctica las grandes teorías sobre la conducta humana, afortunadamente para muchos, solo tenemos  lo que hemos aprendido en la calle.
Me gustan los clientes novatos, es fácil que te inviten a un par de copas y además no te usan como un animal de deseo, como hacen esos viejos, tiranos, puteros, que siguen retorciéndose en su cloaca interior.
Este es mi trabajo, dar placer, a seres insatisfechos de sus vidas,  sus esposas,  sus amantes, de sí mismos y cuanto más poder les das sobre ti mas disfrutan, no es sexo, es querer doblegar voluntades ajenas.
Cuando empecé en esto era muy joven, y por cinco duros les hacia una paja en los servicios del futbolín a  cuatro pringaos, y me follaba a los chulitos del barrio, sabiendo que ellos me protegerían de cualquiera, incluso de mi padre que pegaba a mi madre por cualquier cosa y yo no estaba dispuesta a que me pusiera la mano encima; lástima que nadie supo defenderme de mi misma.
Al final me quede embarazada del Juanma, y la vida me regaló a mi pequeño Ivan; sola, sin trabajo, y con una amor infinito hacia aquel niño, me dediqué a  hacer lo que único  que sabía y me daba suficiente dinero para vivir.
Mi primer trabajo profesional fue en un club de carreteras, donde tenía que estar en topless , y aunque la luces de neón destellaban la palabra “club”, aquello era una nave industrial de un polígono perdido, donde el frio se colaba por el techo de uralita; había 2 viejos sillones, una mesa pequeña y una gran barra donde sentadas en taburetes esperábamos a los mismos de costumbre; era bueno tener una clientela fija, te daba seguridad , el polvo lo echábamos en un pequeño apartado que tenía como puerta una cortina y un bidet junto a la cama; ¿cuántas pollas habré lavado en aquel bidet?; el trabajo era rápido ya que se corrían de momento si no estaban muy bebidos ,por eso les solía dar un poco de coba , les enseñaba mi pubis rasurado, dejaba que me tocasen las tetas , los lavaba, después me lavaba yo, ponía sobre la cama una especia de sabana limpia, y con unas chupadas y un buen meneo el tío se me iba rápidamente.
Y otra vez al tajo, por aquel tiempo me había puesto fecha de terminación a mi contrato, dos años y me retiraba, sin saber que solo me retiraría el tiempo y la demanda.
En esa época me metí de todo en mi cuerpo para poder soporta aquella vida, necesitaba pastillas para dormir durante el día, bebía alcohol para no pensar, y coca para seguir, un círculo de muerte que se cobraba en cada polla que chupaba.
Más tarde comencé a trabajar en un club de lujo, grandes sillones, grandes habitaciones con nombres de grandes ciudades, con jacuzzi y camas vibratorias recubiertas de espejos.
Siempre son los mismos tíos, aunque estos eran con chaqueta y limpios pero mucho más hijos de putas que los otros, sus ansias de avasallar eran superiores, pagaban más y exigían más.

Yo con el tiempo me había convertido en una verdadera profesional, sabía lo que hacer, en todo momento y lo hacía, sin ningún tipo de escrúpulos, solo era un trabajo, un trabajo muy puto, pero un trabajo.
Una noche más; hablaba con una chica Rumana algo más joven que yo,  con una ambición económica  enfermiza; le vi entrar y lo reconocí al instante, a mi mente volvieron recuerdos de una época olvidada y perdida; aquel niño con el que compartí futbolines y que nunca me dirigió la palabra aunque siempre sentí  sobre mí, su tímida mirada enamorada. Estaba perdido, aún estaba deslumbrado por el contrate de luz y casi sin darse cuenta ya lo tenía cogido por el brazo.

Hola,
Hola
Seguía tan tímido como entonces, aunque aparentara dominar la situación.
¿Cómo te llamas guapísima?
Marga, y tú
Acerco mi cara a la suya y mis labios rozan su cara oprimiendo mis labios sobre su piel, mientras apoyo mi mano sobre su pierna.
¿Oye, como me llamo?, le preguntaba a un amigo con una sonrisa bobalicona y tomando posición de poder y desprecio.
Digamos que me llamo Paco.
¿Me invitas a una copa, Paco?
El de los dinero es el calvo a él hay que preguntarle.
Anda no seas así y tomamos una copa juntos.
El calvo miro con asentimiento y Paco inquirió con una mirada al camarero para que le pusiera una copa a la chica.
Un zumito Juan.
El camarero hombre musculoso con sienes blancas y cara de resignación mira al hombre esperando su aprobación.
¿Y el caballero?
A mí un Gintonic.
¿No bebes alcohol?
Ni la policía ni las putas bebemos alcohol cuando trabajamos.
Comentario que le produjo una leve sonrisa.
¿Subimos?
¿Al cielo? Respondió el de manera pueril.
Exacto te haré sentir que estas en la gloria.
Oye chicos que hacemos, ¿subimos?
Hábilmente la chica rumana manoseaba al calvo, sabedora de que era el que pagaba, y le susurraba al oído  alguna situación sexual difícil de resistir.
Y el grupo de amigos emprendió la diáspora hacía una hora de sexo, con otras chicas del club.
Marga entró con Paco a la habitación tras recoger la llave de la habitación y las toallas en el office.
Con el clic del cierre de la puerta, pareció irse ese aire de superioridad, entre las cuatro paredes se encontraba solo, indefenso, sin saber qué hacer ni que decir; todavía el alcohol no era el suficiente.
Tranquilo, ya verás que bien lo pasamos, ¿acaso no te gusto?- decía Marga mientras dejaba sus pechos al aire y enseñaba su culo, camuflado por una finísima tira de tela rodeada de encajes.
Verás lo cierto es que no suelo ir de….
¿De putas?, no nos comemos a nadie, anda túmbate y relájate.
El servicio fue rápido, y el tenia una prisa enorme por salir de aquel sitio.
Ella quiso ver a aquel chico del futbolín pero no lo encontró, solo vio a otro hombre más perdido en  deseos y frustraciones  que paga por usar a una mujer, y sintió indiferencia por él.
Todas las actuaciones tienen un precio, y a veces el precio no se paga en moneda de curso legal; leía en uno de esos sobres de azúcar que ponen al café, en el 24 horas a dos manzanas de su casa. Ella volvió a acordarse de su hijo Ivan.

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