La sobriedad del color.
Rosendo se bebe el sueldo; Isabel apenas mantiene la
familia con la escasa pensión de su
madre. Él llega, se acuesta borracho,
ella duerme en otra habitación. Los hijos se aíslan en mundos virtuales por
donde transitan frustraciones a velocidad de la luz.
Rutinario sufrimiento que se hace costumbre y en
donde lo normal es silencio. No existen preguntas que hacer, ni respuestas que
interesen oír; el olor de la desgracia se esparce en los rincones de la casa.
Nadie percibe la tragedia, cuando el dedo del frio
se apodera de la ebria monotonía, dejando rígido su cuerpo.
No pueden
donar su hígado; pintan de color las habitaciones y ella compra un
coche.

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