Pequeños relatos
Nunca entendió el estar vencido.
La estantería estaba llena de bonitos frascos
de cristal de diferentes colores y formas, y todos ellos con una etiqueta que
los identificaban. Sobre la estantería un gran letrero que indicaban el contenido
de los frascos : “venenos”
Ricina, Ántrax, Sarín, tetrodo toxina,
Cianuro, Estricnina, Anatoxina, cuidadosamente fue apartando estos venenos
mortales, pero no lo suficientemente dañinos
como el que buscaba; en un rincón de la estantería logró hallarlo “Sentimiento
de culpabilidad”, y una sonrisa iluminó su cara. Añadido en dosis adecuadas lograría
que sus enemigos tuvieran una vida agonizante.
Quería viajar y conocer nuevos mundos, pero la
rutina apenas le dejaba fuerzas para salir del camino. El día del accidente fue
terrible para todos, salió del hospital conduciendo una silla de ruedas; todos
le abandonaron, incluso la rutina. Y sonrió al futuro.
Se lo dijo a su mejor amigo y no le creyó, lo
escribió sobre paredes blancas y rápidamente la volvieron a pintar, los tiempos
habían cambiado, su pensamiento no tenía seguidores, era un ser extraño;
después de cincuenta años seguía creyendo en el hombre.

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