SOLEDADES ANÓNIMAS . Capitulo 1.



Debido a las bajas temperaturas, que han vuelto en este mes de Febrero, o quizás  al mal cuerpo de otra noche sin dormir, lo cierto es que cuando llego a la escena del crimen, mis músculos se relajan y contraen rápidamente intentando generar calor de una forma intuitiva, pero el origen no es el frio, este, está perfectamente identificado; siempre es duro codearse con la crueldad humana.
 Sobre un charco de sangre yace el cuerpo de una mujer, tiene los ojos abiertos con una mirada fría de  sorpresa. Me agacho y aparto con cuidado el mechón de pelo que le cubre una parte del rostro. Es una chica joven y guapa; por sus ropas y su estilo, pudiera tratarse de una universitaria, la victima carece de cualquier identificación documental; solo un pequeño tatuaje de una letras en árabe en la parten superior de la ingle que le asoman tímidamente por la cintura del pantalón. Aparto el abrigo para ver las heridas que le han producido la muerte y de una manera triste e impotente observo  como del pecho fluye un hilillo de sangre.
        -  Inspector Ramírez , ha llegado el forense
        -  Bien, yo ya he terminado. Nos vemos en comisaria recoja toda la información posible y pregunte si                                   alguien vio algo.
        - A la orden.
Me alejo del escenario del crimen e intento obtener una imagen general de todo aquello. Una calle sin salida, edificios abandonados alrededor, un solar abandonado  lleno de escombros y en medio de la calle un cuerpo abandonado.
La victima debía conocer a su asesino para venir con él a un sitio tan inhóspito y apartado, posiblemente con  algún propósito sexual, retribuido o amoroso. Esta deducción me produce un sarcástico pensamiento: del amor al odio solo hay una delgada línea. Mucho la tuvo que querer para que el odio le empujara a asestarle cinco heridas de muerte.
Sobre la mesa se esparcen las fotos de la escena del crimen; que el sargento Ortega y la inspectora Diaz manosean con la  rutina de la burocracia.
Comienzo a  exponer los hechos, intentando generar una lluvia de ideas del equipo de investigación.
-¿Que tenemos?
-Un cuerpo con herida de arma blanca en el pecho y estómago, que le produjeron la muerte.
-¿Examen toxicológico?
-Los del laboratorio se han llevado muestras de sangre,  hemos encontrado una bolsita con resto de cocaína debajo del asiento del conductor.
-¿Señales de lucha?, ¿violencia sexual? ¿Relaciones sexuales?
-Aparentemente y después del examen preliminar forense, no se aprecia nada extraño.
-¿Identificación de la víctima?
-Aún no tenemos ninguna identificación positiva.
-En personas desaparecidas, la víctima no se ajusta a ninguna descripción.
-¿que sabemos del tatuaje?
Es el nombre de una mujer  en árabe. “Fareeha”.
-¿sabemos dónde se tatuó?
-lo estamos investigando.
-¡Lo estamos, lo estamos, lo estamos!. ¡Qué carajo está pasando entonces. Se puede saber  quién es esa joven!.  
-Las huellas dactilares no están en el banco de datos de la Policía, hemos mandado las huellas a la Dirección General.  Ya están trabajando en ello.
-Venga chicos hay que seguir buscando ir y peinar la zona, y los del laboratorio nos manden informe de cualquier datos que pudiera servir para su identificación.
El recuerdo de aquellos ojos abiertos a la oscuridad y al frio, se merecía tener un nombre y mientras lo encontrábamos decido llamarla Cenicienta.
El bar de Manolo, siempre está vacío, alguna vez llegue a pensar que era su único cliente.
-Buenas tarde Manolo.
-¿qué tal inspector?
-Ya sabes.
Beber solo es triste, por eso Manolo, me acompaña y me pone  al día de las últimas noticias, con la intención de afianzar a su mejor y posible único cliente, mientras veo pasar a jóvenes como Cenicienta con sus Jeans ajustados y  sueños imposibles.
Y como siempre, al cuarto Gin-Tonic, me da por pensar en la existencia divina, ¿existe Dios? . Aupado por el alcohol, me atrevo a negar su existencia; es imposible  que un ser supremo sea testigo de tanta atrocidad sin mover un divino dedo. El quinto gin, abre la puerta del recuerdo de mi familia  y su perdida. Mientras saboreo el sexto gin, ayudo a Manolo a bajar el cierre del bar. Vuelvo a sentir el frio sobre mi cara y el recuerdo de Cenicienta, me ayuda a seguir otro día más. A falta de Dios alguien tendrá que poner justicia.
La soledad me golpea al entrar a casa, en el silencio de la noche oigo los pequeños sonidos inaudibles  durante el día, el encendido del fluorescente de la cocina ahuyenta a una cucaracha roja que se pasea libre por el suelo, y me acuerdo de Darwin y su selección natural ¿dónde estarán aquellas cucarachas negras que me asustaban en el cuarto de baño, cuando era pequeño?.
 La alarma del móvil me despierta, miro la hora y busco una razón para levantarme.
-Buenos días Inspector Ramírez.
-Buenos días. Por favor Lupe tráigame un café, ya sabe cómo.
Me dirijo hacia el despacho del comisario, sintiendo como un “ dejavi “ continuo, que día tras día va repitiéndose donde el protagonista,  en cada actuación va perdiendo algo de mí.
-Buenos días Luis.
-Buenos días comisario.
-Hemos recibido noticias acerca del caso de anoche y me gustaría comentarla contigo.
-No respondo, le miro a la cara con la impaciencia del que necesita respuestas para dar un significado a su vida.
-Según el informe forense, la chica ya estaba muerta antes de apuñalarla, sufrió un ataque cardiaco debido a una sobredosis de Coca.
-¿Para qué entonces las puñaladas?
-Hay más, estaba embarazada de 3 meses.
-Joder.
-Y ya tenemos nombre, es Susana Cifuentes Diaz, veinticuatro años, estudiante de Turismo y  natural de Madrid.
-¿Hemos localizado a su familia?,
-Sí. Por eso quería hablar contigo, quiero que tú seas la persona que hable con sus padres, siempre se te ha dado bien, leer  las reacciones humanas.
-Si tú lo dices Comisario, será. Quiero que venga conmigo la Inspectora Ruiz.
-Sin problema, póngala al día y poneros manos a la obra.
Blanca Ruiz es una policía diez años más joven que yo, pero con una trayectoria espectacular, criminóloga por la Universidad de San Pablo Ceu, de familia acomodada, una piel blanca, ojos azules y un pelo castaño muy bien cuidado recogido en una coleta que le llega hasta media espalda. Suele caer bien y dar seguridad a la gente, por eso necesito que la gente confíe en ella mientras intento ver aquello que nadie quiere enseñar.
La mirada de Blanca, es como la del corredor a la salida de una prueba de velocidad. Poco a poco en la carrera de la vida su mirada se irá apagando, la respiración entrecortando y le costará reconocerse cuando se mire a un espejo. Pero ahora  es todo puro nervio. Una actitud que administro con la experiencia que me da la distancia recorrida.
           -Buenos días, ¿es usted la Señora Diaz?
           -Buenos días, sí, ¿de qué se trata?
Mientras Blanca intenta consolar a la pobre mujer de alguna forma, imagino a Cenicienta  andando por el salón de aquella, su casa.

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