Queda la música
Enebro mis recuerdos con hilos de viejas canciones y doy forma a fuerza de
puntadas, la piel de mi historia, una
historia común de un ser común. Cada nota trae escenas de un tiempo perdido,
donde los actores y el paisaje han dejado de ser reales, difuminados en
neblinas de añoranzas.
Difícil manejar el “tempo” de la vida, a veces el azar se pone de tu
lado y te ordena los acontecimientos, te los hace ser abordables y asimilas de ellos cada experiencia; cuando no es así, estos
te atropellan , te arrastran y golpea contra todo lo que
encuentras a tu paso, dejando solo cicatrices que nunca cesan de supurar. A
pesar de todo sonrío, es saludable sonreír, reírte de tu misma torpeza, de tu
cuerpo lleno de moretones y de esa manía de vivir el mañana con la angustia del
hoy.
He tomado nota; mi peor enemigo soy yo mismo, un enemigo contra el que
he luchado toda mi vida, intentando
vencer en cada momento; afilado cincel que ha ido esculpiendo lo que veo delante del espejo en el que me miro
y al que apenas reconozco; y nada más, sólo otro acorde más que se adhiere a mi
piel, cubriéndola con corcheas y semicorcheas.
Si se pudiera viajar de canción en canción sin tocar el suelo, la vida
sería una bella estrofa ingrávida y sutil, algo por lo que valdría la pena
vivir eternamente. Los títulos de canciones un idioma, comunicarnos con
estrofas o simplemente con estribillos pegadizos; nuestro Si una nota y no una afirmación,
el Mi lo tuyo, el Sol, sólo eso el sol.
El disco ha llegado al final, la aguja del tocadiscos se levanta y
retrocede, el silencio llena la habitación y el sueño vence mi deseo de bailar.

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