Colores
Las gotas de lluvia al caer forman ondas concéntricas en el charco; es un charco
familiar, siempre que caen dos gotas hace acto de presencia para que
podamos meter nuestras botas de agua en él y chapoteemos hasta mojarnos los calcetines.
El griterío es ensordecedor, el colegio huele a
carboncillo y goma, los uniformes azul celeste
se mueven velozmente por los pasillos, otros se ocultan tras los
pupitres de madera. Cuando D.Juan entra en la clase, los niños bajamos la mirada y callamos, él apenas tiene que carraspear para
imponer disciplina. Ya desde pequeños hemos percibido al miedo que dobla esquinas y sorprende
atrapando cualquier algarabía que intenta en
vano ser oída.
Al abrir los ojos me siento perdido, veo pasar luces fluorescentes
y cómo la bolsa de
suero se balancea sobre mi cabeza; quiero hablar y no puedo, intento mover los
brazos y siento como están sujetos a la
camilla que me transporta hacia un destino desconocido, empiezo a recordar y una lágrima hace cristalina mi mirada y surca las arrugas de mi piel
hasta agotarse en la almohada; los párpados se hacen pesados y
vuelvo a soñar con el olor de
gomas de borrar.
Una enfermera me despierta,
me da los buenos días y me pregunta
como me encuentro.
- buenos días señorita, ¿dónde estoy?
- está usted en el hospital y no debe
preocuparse, todo ha ido bien y se encuentra a salvo.
La angustia recorre mi cuerpo y comienzo a recordar los
acontecimientos que me han llevado hasta allí y da gracias a Dios por estar vivo.
- ahora entraran
su esposa y sus hijos, pero debe mantener la calma y no ponerse nervioso.
- descuide, pero
por favor, hágalos pasar.
El destino me ha dado otra oportunidad, en mi mano está ir en contra de él, o empezar a valorar las cosas simples
de la vida.
Cuando me dieron el alta médica y volví a la rutina de la oficina, todo el mundo me
saludó con cariño; era una persona muy querida entre mis
compañeros; a pesar de
vivir en un mundo de competencia intentaba en la medida de lo posible ser fiel
a las reglas del juego y eso en cierta medida me lo valoraban. Al entrar en el
despacho de mi jefe, este me da un fuerte y frío abrazo , me hubiese gustado que hubiera ido a verme durante mi
convalecencia, por lo que denoto un cierto fariseismo en toda aquella actuación
- ha faltado
poco, pedazo maricón.
- si, ha estado
cerca, pero ya ves, otra vez en la trinchera.
- este es el
Manolo que conozco, veo que te han devuelto intacto esos matasanos.
- bueno todavía debo de seguir las indicaciones de los
doctores, y estar unos días calentando motores.
- chorradas, tu
eres un killer, joder; contra presión más presión.
La boca de mi jefe se abre como queriendo captar toda la
satisfacción que le producía la frase, mientras golpeaba el puño derecho contra la palma de la mano
izquierda. Asisto incrédulo a todo
aquello, a pesar de haber vivido cientos de veces aquella escena, esta la veía de otra manera, y no me producía la misma sensación y por un instante me sentí diferente, ver la muerte de cerca, había engendrado una nueva persona.
Siguiendo las instrucciones del médico, cambie mi dieta; el café de la mañana había sido reemplazado por una especie de
alquimia con frutas; resultaba fascinante experimentar con frutas en la
licuadora, al principio manzanas; después los colores me cautivaron y al verde de la manzana añadía el rojo de las fresas, el naranja de la zanahoria y el verde fosforescente
del kiwi. Destello a destello los colores me hicieron olvidar el negro del café y siempre había alguno que me sorprendía; desde aquel momento descubrí los colores de lo que me rodeaba y como iban entrando poco a poco
en mi vida uniforme y gris.
Pude robar dos horas al trabajo para asistir a unas clases de
yoga, y al cabo de un año de intentar
realizar las asanas correctamente, empecé a escuchar mi cuerpo, y a la algarabía de mi mente. Poco a poco me interesaron nuevos pensamientos,
gente diferente a cualquier tipo de gente que había conocido, y todo aquello me enriquecía de una manera tan brutal que hacia desconcertarme y perder
cualquier punto de referencia desde el cual calcular las coordenadas de mi
vida.
Todo aquello me fue enseñado que vivimos en un mundo minúsculo en el universo, pero sí nuestra mente, no es capaz de absorber aquello que nos rodea, el
mundo empequeñece, convirtiéndolo en una moto de polvo.
Mereció la pena el tiempo
de descuento en el partido de la vida, valoré aquello que tenía, y descubrí como engrandecer una minúscula vida.
Por eso cuando de nuevo me veo enchufado a una máquina que muestra mis constantes vitales,
la bolsa de suero sobre mi cabeza, y como el olor de goma y carboncillo inunda
mis sentidos.La última lágrima con destellos de arco iris
recorre mi cara hasta desaparecer en la almohada.

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