Amores que matan
En un descuido un
perro hambriento se comió el bocadillo que había dejado sobre la mesa del bar
mientras me ataba los cordones de las zapatillas; no pude impedirlo dada la
rapidez del animal, aunque
al fin al cabo me alegré; solo el ver como movía el rabo cuando lo devoraba merecía la pena
acostarme sin comer, y es que ya se sabe “no solo de pan vive el hombre”. Me costó pasar una
noche intentando suplir los retortijones
con el recuerdo de un rabo moviéndose, entiéndase, un rabo de perro feliz y
satisfecho.
A la mañana
siguiente, cuando salía de mi portal, volví a ver el perro sacando al dueño de paseo y apenas insinuó conocerme; ya se sabe “quien da pan a un perro ajeno pierde el
pan y pierde el perro” y eso que nunca fui un hombre refranero pero aquello me
vino “como anillo al dedo “.
Aquél perro me tenia fascinado, siempre tan atento con su dueño y
obediente, hubiera sido un buen trabajador asalariado quizás en alguna vida
anterior; ahora en esta vida perruna roba bocadillos despistados, atiende con
benevolencia a su dueño, huele con vehemencia lo que le apetece y si algun olor
le sube la lívido, siempre hay una pierna amiga que está falta de cariño y se
deja. Hay personas que viven como perros, pero a estos no les puedes dar la
pierna porque se cogen el cuerpo entero y después pasa lo que pasa: “ni mirado ni agradecido”.
Mi vecino, su dueño, era un perro ejemplar; cuando subía con él en el ascensor llegue a temer que pudiera olerme el trasero así que siempre le cedía el paso; debió
pensar que de pequeño fui a un colegio de curas. A sus 40 años no había
doblado el espinazo ni tan siquiera para experimentar sensaciones nuevas, él se
lo perdía. Una mañana temprano
tropezó conmigo en el portal. Yo iba a mi rutinario
trabajo y él llegaba oliendo a perfume barato. "No por mucho madrugar, amanece
más temprano” me dijo, destilando alcohol en su aliento; estaba claro que en su
próxima vida no llegaría a
ser perro.
Aquel día todo
cambió, era domingo y yo me disponía a correr; al salir a la calle me encontré
al perro tumbado en la acera, parecía herido y como no llevaba bocadillo me
acerqué hacia él con intención de ver lo que le pasaba. Me empezó a olfatear
en cuanto me puse a su lado, incluso me pareció que encontró alivio en mi
presencia, al fin y al cabo sólo habíamos tenido un tema de hurto entre ambos y
eran muchos años oliéndonos, lo acaricié y su mirada se perdió en un infinito
perruno. Fue entonces cuando vi a su dueño sentado en la acera en estado ebrio y de una manera inocente me acerque a él por sí podía ayudarle, en definitiva
sólo habíamos tenido problemas olfativos. Me reconoció al verme y al
preguntarle cómo se encontraba rompió a llorar, fue una situación difícil, un
perro casi desmayado sobre la acera y un hombre sin usar llorando vodka.
- que le sucede vecino?
-hemos roto.
- venga hombre " la mancha
de una mora con otra verde se quita"
- usted no lo entiende, mi perro
me ha dejado.
Intuí que
deliraba, a veces el vodka suele dar estos efectos colaterales.
-Toby, ya no me quiere.
En ese momento
mire al perro, como a duras penas se incorporaba y en vez de acercarse a su
dueño se dirigía en dirección contraria.
-lo ve, me deja.
No podía creer lo
que estaba pasando, asistía a una ruptura amorosa entre un perro y un borracho,
y no se me ocurría nada que pudiera hacer ni decir.
- no se preocupe, cuando tenga
hambre ya volverá.
- sólo me quiere por lo que
tengo, no por mí mismo.
Después de
aquello empecé a preocuparme, estaba claro que debería llamar a una ambulancia
y a la perrera municipal y quizás no en ese orden.
Un frenazo inundo
el silencia del amanecer, giramos rápidamente la cabeza y vimos al perro bajo
un coche. Aquello tomaba tinte de novela rosa. ¿se habría suicidado Toby?
Sacando combustible
de lo más recóndito del hígado, mi vecino se incorporó y como un poseso corrió
a socorrer a Toby, pero ya era demasiado tarde, su perro lo había abandonado
definitivamente.
Con gritos de
dolor inundaba la mañana mientras sus facciones se desencajaban y un rictus de
angustia le cambiaba la cara.
- déjelo amigo, ya no podemos
hacer nada por él, sólo era un perro hambriento.
No pudo soportar
la verdad, o simplemente su cuerpo no estaba entrenado para tanto desgaste; se
dejó caer lentamente sobre el asfalto y murió.
Nunca fui un
hombre refranero, pero.. " hay amores que matan".

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