Para siempre...
El frío amanecer le despierta, la arena cede en su movimiento. Sobre el horizonte una gran bola
naranja emerge de las aguas; mira a su alrededor y solo una botella vacía de
Absolut le acompaña en el nacimiento del nuevo día.
Apenas recuerda la noche anterior, el punzante dolor de
cabeza no se lo permite. Entre tanto, el sol asciende pasando del mar al cielo,
se hace intenso y se proclama señor de la vida, mientras ella, intenta olvidar su
pasado ayudada por noches impregnadas de alcohol.
Se sacude la ropa, mira la hora y todo vuelve a empezar,
recuerda resignada quien es. El efecto analgésico del vodka ha terminado y un
dolor profundo recorre su cuerpo. El amanecer la contempla, las olas la observan
y la brisa del mar se compadece de ella y la acaricia intentando arrancar de su
piel los besos que la encadenan.
-
¿cómo ha pasado la noche tu madre?
-
Bien, la he dejado durmiendo, los médicos dicen
que va mejorando poco a poco.
-
¿Estarás cansada?
-
No te preocupes, he dormido un poco.
-
Te preparo un café y unas tostadas y te duermes,
yo quizás coja la bici y me dé una vuelta, y después si te encuentras mejor
salimos y comemos fuera.
-
Como quieras, estoy hecha polvo.
La ducha la reanima, el contacto con las sabanas aun calientes la reconforta y una lágrima
recorre su mejilla, mientras el olor del café recién hecho motiva sus sentidos.
Su marido cierra la puerta y se siente feliz de tenerla en
casa, la quiere tanto que la considera suya, nada tendría sentido en su vida si
no la tuviera, si no poseyera ese maravilloso tesoro que el destino le ha dado.
El pedaleo se acompasa al ritmo del pensamiento para intentar
olvidar la mentira que vive y le tiene
prisionero envuelto en una oscura realidad virtual. Intenta recordar el
principio y se remonta a la primera vez que la vio, como todo su ser se estremeció cuando ella aceptó casarse con él
y entendió que los dioses le habían
premiado con una mujer a la que siempre consideró inalcanzable, y al final iba a ser suya. Así
pues, nada la apartaría de su vida, todo
volvería a ser como nunca dejo de ser. Le pertenecía como su corazón, sus
pupilas, sus manos, su vida.
Al abrir la puerta de su casa percibe el silencio que deja escapar el vacío.
-¡Susana!
-¡Susana!
La telefonea, pero el móvil está fuera de cobertura. Llama a
su cuñado y le pregunta si esta con el en el hospital, pero la respuesta es
negativa. Enciende la televisión, y los coches de fórmula 1 dan vueltas en fila
india, respira profundo y se dice que volverá pronto, abre la ducha y el
golpeteo de las gotas de agua sobre su piel se lleva por el desagüe su preocupación.
No tiene donde ir, ni nadie que la espere, ni tan siquiera
que la conozca. Tras la ventanilla del tren los caminos se entrecruzan y se despiden
una y otra vez, el horizonte se hace grande y un sentimiento de libertad le
ayuda a no tener miedo.
La preocupación se va tornado en ira, una ira cruel y premonitoria
que le provoca un vacío en la boca del estómago. En la habitación del hospital
encuentra a su suegra dormida en la cama
mientras su cuñado lee un periódico arrugado.
-
¿Qué te pasa Arturo?
-
Nada, vengo buscando a tu hermana, hace más de
tres horas que no sé nada de ella y estoy preocupado.
-
Habrá ido de compras, no debes preocuparte.
-
Miguel créeme, sé que le ha pasado algo, no coge
el teléfono, y nadie la ha visto en toda la mañana, ya ves, debería estar aquí
para relevarte.
-
Pues si, ya sabes que llevo toda la noche y esperaba verla esta mañana temprano, pero había
supuesto que tendría algún contratiempo.
La cara de Arturo pasa de la ira al abatimiento y lo que es
mucho peor a la certeza. Pero no le dice nada a su cuñado. Con una calculada frialdad, sus facciones se
relajan e intenta aparentar una normalidad que le corroe las entrañas.
-
No te preocupes Miguel, estará en casa, seguro que se me ha olvidado donde iba
esta mañana y estoy un poco fuera de quicio, ya sabes cómo me pongo..... quiero
tanto a tu hermana.
-
Bueno, yo me voy a tener que ir, dejare unas
horas a mi madre sola, tampoco creo que pase nada, ha pasado una noche muy
tranquila.
-
Eso es lo que tienes que hacer, vete y descansa,
dentro de poco vendremos tu hermana y yo a acompañarla.
El mundo se ha caído a sus pies, va atando cabos y todo
empieza a encajar, se siente perdido y humillado.
Ella apoya su cabeza en la ventanilla y ve pasar los olivos
una tras otro, todos iguales y distintos, el cristal refleja una leve sonrisa y
el brillo de sus ojos ilumina un nuevo futuro.
Es una sensación peor que los celos, se siente abandonado,
repudiado. Ha sido robado de todo aquello que ha hecho en la vida y no piensa permitirlo, ahora comienza un
nuevo propósito para vivir, encontrarla.
Parece sola pero está llena de sueños, de tareas por
realizar. Oculta en algún rincón de ningún lado vuelve a ser una mujer
completa, quedo atrás el vodka, el resentimiento y la tragicomedia que vivía
donde era la actriz principal, y lo mejor es que no tiene miedo. Por eso el día
que lo vio, mientras salía del trabajo, apenas sintió nada, ella ahora es una
persona diferente.
-
Tenemos que hablar.
-
Yo no tengo nada que hablar contigo.
-
Me has hecho mucho daño, pero estoy dispuesto a
perdonarlo todo.
Ella le sonrió con indiferencia...
- no tienes nada que perdonar. Ya me has visto, no tengo nada que decir. Olvídame
como yo te olvide hace tiempo y déjame vivir una vida que me pertenece y que
durante tanto tiempo me arrebataste.
-
De eso ni hablar, tu vienes para casa, es tu obligación y no te voy a
dejar nunca.
Ella había recreado aquella escena una y mil veces en su
mente y supo perfectamente cuál era su próximo movimiento. Sacó con parsimonia
un poema de Neruda escrito en un pequeño papel, lo leyó y dejo caer al
suelo, dio media vuelta y siguió andando.
Sonó como un trueno. En ese momento empezaron a caer gotas de agua; ella no iba a dejar de sentir el
agua sobre su pelo y la sensación de libertad que la lluvia le hacía sentir.
Ansiedad que partiste
mi pecho a cuchillazos,
es hora de seguir otro
camino, donde ella no sonría.
Tempestad que enterró
las campanas, turbio revuelo de tormentas
para qué tocarla
ahora, para qué entristecerla.
Ay seguir el camino
que se aleja de todo,
donde no esté atajando
la angustia, la muerte, el invierno,
con sus ojos abiertos
entre el rocío.
Neruda.

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