Una calle, una infancia.

Mi calle ya nació distinta, mutilada, es una calle sin salida. El tiempo ha ido robándole juegos de niños en pantalón corto y barro, para llenarla de coches y estrechas aceras. Mi calle es una calle triste, siempre pasan la misma gente que se pierden en sus habituales portales.Yo me la conozco entera, mi portal está al fondo, donde la calle se cierra..
Hubo un tiempo que los niños nos sentábamos en sus bordillos, y la cosquilleábamos jugando al pincho, y la bañábamos chapoteando en sus charcos y las voces de nuestras madres la despertaba de la siesta.
Amábamos nuestra calle, era nuestro seguro refugio, nos protegía de todo lo que afuera nos atemorizaba, y ella nos envolvía y protegía.
A veces se convertía en Coliseo romano, y más de un gladiador dobló sus sangradas rodillas en su arena, mientras espadas de maderas se blandían al aire. Otras, mi calle era un estadio olímpico, y Mercurio competían en improvisas pistas separadas por papel de periódico , entonces mi calle era versátil, era un gran plató donde se hacían realidad los sueños infantiles, que con el tiempo sólo serían escenas en blanco y negro de nuestros recuerdos.
En San Juan la adornábamos de banderas, de papel de colores, de Juas y de risas, de besos inocentes en sus portales, la llenábamos de gente y ella sonreía.
Hoy mi calle está llena de coches, de pequeñas aceras y de una soledad siniestra.
No hay niños que jueguen, ni voces de madres en bata, ni hombres vestidos con monos fumando y hablando en sus equinas.
A pesar de todo, vieja y triste, mi calle es eso, mía.

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