PLAYA



Mientras mira atentamente la cámara de fotos con sus ojos verdes, el color de su piel oscurece acariciada por el sol, ajenas,  las olas de la playa llegan hasta sus rodillas, que hincadas sobre la arena se hunden  lentamente en el foso del castillo. Junto a él, su hermano fija la mirada en una mujer que con el pensamiento perdido vigila intuitivamente a los dos niños.
Una tarde de verano cualquiera, donde las tardes en la playa son el regalo de una vida humilde, un regalo lleno de salitre y alquitrán, de chillidos de niños y gritos de madres buscando a hijos. Apenas se escucha el mar, y su azul se difumina en la espuma blanca que producen las olas con la suciedad de los vertidos de la ciudad; es algo maravilloso, seguro que el paraíso debe ser así; piensa Manolo, mientras da la  espalda al mar y cubre  del peligro a su hermano Paco, que enamoradamente mira a su bella madre  preparar distraídamente  dos pequeños bocadillos de chorizo.
La felicidad hunde sus pies en la arena y llena la orilla de huellas que el mar irá borrando con el tiempo.

Es  una tarde de verano de una infancia que viaja hasta mí en  una fotografía en blanco y negro, de un momento que no recuerdo, pero que, intensamente amo y siento.

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