Omayra

 

Los pobres nunca lo ven venir, nadie les avisa, nadie se preocupa, ¿y dios? Dios siempre

está ocupado. Es un miércoles cualquiera en el poblado de Armero, cuando de la tierra

surge fuego, agua, lodo, y muerte.

Omayra se encuentra atrapada en una pequeña fosa, donde el agua, oscurecida por las

cenizas, le cubre el cuerpo hasta la barbilla. En medio de esta situación desesperada,

observa con sus grandes ojos negros a una multitud de personas que la miran, como si

fuera una atracción. A pesar de su fragilidad, la niña logra emitir un pequeño hilo de voz,

marcado por el ritmo armónico de un castellano ribereño, con el que pide ayuda. El frío la

envuelve, dejándola casi sin aliento, mientras la esperanza parece desvanecerse ante la

indiferencia que la rodea.

Un ensordecedor silencio y un hedor nauseabundo de cieno y ceniza, cubre la noche. Se

forman grupos de policías, enfermeros…, que cuchichean entre ellos y agachan sus

miradas, como justificando la impotencia y ella los mira silenciosa y paciente. Primero

fueron minutos, después horas, más tarde días y la sucia agua sigue arrugando su piel y

alimentándose de su pequeño cuerpo.

Omayra se aferra desesperadamente a un viejo neumático a modo de flotador; apenas hay

medios para poder ir sacando el agua, sus piernecitas cruelmente dobladas están

atrapadas en restos de hormigón, imposible de sacar sin amputar, o al menos eso dicen los

médicos; la única salida es una amputación que sería una muerte rápida, de esas que

deseamos cuando la vida se vuelve turbia.

Mira al cielo y pide a su madre que rece para que todo salga bien, pero dios sigue ocupado

y distante, aun así, ella sigue rezando y pasando frio, ya son dos días deseando que no se

le escape su pobre vida, esa vida con apenas comida, sin libros, sin columpios, sin

muñecas; sus ojos se van cerrando mientras el agua mísera y cruel se regodea en su presa.

Cuando sus ojos pierden la esperanza, su mente deja de rezar y la muerte fiel cumple su

trabajo: a los 13 años su vida se apaga y el mundo llora su vergüenza.

Para ella la gloria no es suficiente premio, contra la desidia humana y divina, saluda al

espíritu celeste que corretean silbando entre las nubes, coge su hatillo, una manta y se va

en busca de un hogar cálido entre quienes han sido olvidados.

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