UN ALETEO SILENCIOSO
Era un hombre ya cercano a los cuarenta años, y a pesar de su extrema delgadez no indicaba debilidad alguna. Por el contrario, se movía con un constante nerviosismo, como si cada fibra de su cuerpo estuviera siempre en alerta. Con facciones marcadas, afiladas como si hubieran sido esculpidas con la precisión de un buril, dotándole de un semblante severo y definido. Su vida necesitaba encajar en los cánones sociales de su entorno. Vivir en su pueblo implicaba respetar ciertas normas no escritas, y la soltería prolongada era considerada como una anomalía capaz de suscitar rumores y comentarios hirientes. Así, sentía que el tiempo jugaba en su contra: a sus treinta y nueve años, lo normal era haber formado ya una familia, para colmo, sus movimientos amanerados motivaban la especulación entre los vecinos. Ejercía el puesto de cartero recorriendo calle arriba y calle abajo. Este trabajo le convertía en un discreto testigo de las pequeñas historias cotidianas de sus vecinos, presencian...