INFINITOS UNIVERSOS

 

Una ligera brisa recorre mi piel, agita el mar y percibo el olor de la espuma blanquecina que es movida por las olas. Estoy sentada en la postura de flor de loto, mi cuerpo se hunde lentamente en una arena fina y percibo los tímidos rayos del sol que van abandonando de una manera pausada mi rostro. Junto a mí, Teo apoya su cabeza en mis piernas y extiende sus peludas patas sobre mis pantorrillas, el murmullo de su respiración me hace sentir segura.

El sonido de las olas rompe en la orilla y me transmite una paz profunda y oscura, que cobijo en silencio y acalla de mi mente el constante zumbido que vive en mi cabeza, sumergiéndola en una deseada calma.

El sol se hunde en el mar, un viento frio me saca del trance y me devuelve de una manera cruel a la realidad de la arena pegada en mis manos.

Como cada día y de una manera rutinaria, Teo emprende camino de regreso a casa y yo de una forma generosa me dejo llevar guiada por su instinto y por la fuerza con la que tira de su correa. El bullicio de la gente en la playa va desapareciendo y me llega el olor del pescado frito que despiden los chiringuitos cuando nos vamos acercando a ellos.

Llego a casa, le quito el arnés, Teo desaparece rápidamente y, como de costumbre, se acurrucará en su pequeña cama. Entonces cojo el tercer libro empezando por la derecha del estante superior y empiezo a leer sobre la teoría de cuerdas, donde los universos paralelos dan una nueva dimensión a mi imaginación aportando un cierto hilo de esperanza a esta triste vida sin color que me va ahogando lentamente.

Como de costumbre me surge el recuerdo de aquella tarde gris, cuando el golpe demoledor del otro vehículo impactó con mi coche y me sentí atrapada en un terrorífico tío vivo; creí que todo acabaría y por un segundo percibí todos los colores del espectro de la luz en mis ojos. Parece una reminiscencia lejana, pero aún me parece escuchar el frenazo, el olor a gasolina esparcida, el sonido de la sirena de una ambulancia, y mi cuerpo suspendido en un universo vacío, sin estrellas, y perdido en la inmensidad de la nada.

Me encuentro sola y llamo a Teo, él siempre atiende a mis largos soliloquios en silencio, y a mí me gusta que me escuche, le intento explicar la teoría de cuerdas de una manera simple y percibo como un tímido gruñido.

Cierro el libro y no llego a comprender el experimento de la doble rendija; no obstante, sacrificaría todas mis vidas, esas que se cuelan por las infinitas rendijas, solo por mirarme al espejo y verme sonreír.


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