UN ALETEO SILENCIOSO
Era un hombre ya cercano a los cuarenta años, y a pesar de su extrema delgadez no indicaba debilidad alguna. Por el contrario, se movía con un constante nerviosismo, como si cada fibra de su cuerpo estuviera siempre en alerta. Con facciones marcadas, afiladas como si hubieran sido esculpidas con la precisión de un buril, dotándole de un semblante severo y definido.
Su vida necesitaba encajar en los cánones sociales de su entorno. Vivir en su pueblo implicaba respetar ciertas normas no escritas, y la soltería prolongada era considerada como una anomalía capaz de suscitar rumores y comentarios hirientes. Así, sentía que el tiempo jugaba en su contra: a sus treinta y nueve años, lo normal era haber formado ya una familia, para colmo, sus movimientos amanerados motivaban la especulación entre los vecinos.
Ejercía el puesto de cartero recorriendo calle arriba y calle abajo. Este trabajo le convertía en un discreto testigo de las pequeñas historias cotidianas de sus vecinos, presenciando los entresijos y las rutinas que conformaban la vida diaria de la comunidad.
Su jornada de trabajo finalizaba temprano; antes de las doce del día ya había concluido su tarea y se dirigía a la iglesia para el rezo del Angelus. Su devoción Mariana era apasionada, y no se limitaba solamente a los actos formales de la iglesia, sino que colaboraba de manera generosa en todo lo relacionado con la vida parroquial.
Ella era una mujer algunos años mayor que él y nunca había tenido pretendiente, al menos conocido, ni incluso en sus años mozos cuando la belleza es lujuriosa aliada de la juventud. Sus cuarenta y dos años pesaban como una gran losa. Se sentía sola, con la única misión en su monótona vida que el cuidado de sus padres. Por eso cuando el hizo la más mínima pretensión de amor se agarró a ella con toda su rabia, era su último billete para poder tener una familia propia; el amor era algo que dejó de tener sentido para ella hacía tiempo y aquel hombre era lo más parecido a lo que desea cualquier mujer en sus circunstancias.
Sin más, todo pasó a oficializarse; paseos desde la plaza al parque a la vista de los sorprendidos observadores, visitas habituales a casa de sus padres, y asistir a la iglesia bajo el mismo paraguas los días de lluvia. Todo estaba dispuesto, para dar el sí quiero y santificar el séptimo sacramento.
Un quince de agosto, ella se vistió de blanco, y se casaron en aquel mismo altar que días atrás las habilidosas manos de su prometido habían adornado.
A partir de aquel momento, el contrato del matrimonio inició su periodo de vigencia. Cambió de trabajo y comenzó a trabajar con un primo de su mujer; un joven y hábil empresario que tenía un negocio de albañilería. Así dejo la vida de cartero y se dedicó a la compra de materiales; eso le proporcionaba una libertad de horario, que le hacía compaginar con una mayor dedicación a todo lo concerniente a la iglesia.
A la noche le esperaba su mujer, con una cena caliente y un sin fin de quejas sobre sus dolencias, a las que el hacía oídos sordos mientras ojeaba las revistas de moda. Se podía decir que era un hombre monótonamente infeliz.
Su jefe negoció con el Ayuntamiento la concesión para la conservación del cementerio y compró la única funeraria del pueblo, ya que, si algo había rentable en aquel pueblo, era la muerte.
Desde que se quedó con la gestión de la funeraria, su vida cambió; se sentía satisfecho y se fue enamorando poco a poco de todo lo que los muertos le iban ofreciendo.
Trasladaba al difunto desde la sala mortuoria del hospital al pueblo para preparar su sepelio. Arreglaba todos los trámites administrativos; recogía al muerto del depósito, y una vez colocado el ataúd en el coche fúnebre emprendía camino al tanatorio. En ese instante se transformaba en otra persona, durante el viaje, y de manera intima, preguntaba al fallecido un sin fin de cuestiones sobre su extinta vida, incluso le recordaba aquellas antiguas cartas que le había entregado queriendo indagar sobre su contenido, creando un fúnebre monólogo. Miraba insistentemente al espejo retrovisor donde se reflejaba la fría caja, queriendo buscar una respuesta a sus palabras, con un breve movimiento del ataúd en señal de asentimiento.
Se embriagaba dirigiendo el rito fúnebre; aparcaba el coche fúnebre, abría de una manera impetuosa la portezuela de atrás, sacando con brío el extensible de soportes por el que deslizaba la caja. Para él poco importaban las lágrimas y los suspiros, ya había hablado con el cadáver y sabia todos sus secretos y preferencias, entre ellos se había establecido una conexión que el resto de los mortales eran incapaces de sospechar.
Entre sollozos abordaba al familiar más cercano haciéndole firmar un sin fin de papeles de la aseguradora. Intentaba convencer de que por un poco más de dinero, su familiar se merecía un mejor ataúd que el de serie de la aseguradora; encarga las coronas de flores; pasea entre corrillos ofreciendo cigarros y dejando las frases hechas que ha ido repitiendo una y otra vez entre muerto y muerto.
Entra en la sala donde ya han colocado el cuerpo en su ataúd, pide a los familiares que lo dejen sólo para preparar al cuerpo inerte y pueda presentar durante el velatorio un aspecto digno y con un cierto rictus de paz. Sus facciones de comerciante fenicio desaparecen para dar paso a una persona enamorada. Dulcemente destapa la caja, y con una mirada cálida recorre el cuerpo inerte y frío, sus manos se deslizan ingrávidas por el árido fruto yermo y él siente un pecaminoso placer que le nubla los sentidos y lo transporta a una orgía extraña de la que no se avergüenza, seducido sigue maquillando el cuerpo, arregla el cabello, alisa el vestido, dar color a las mejillas y los labios y al final, como sin querer, embriagado por el olor intenso de las flores en descomposición, roza sus labios con el helado rigor de la muerte.
En la habitación contigua, entre vestidos negros su mujer cuchichea con los presentes lo habilidoso que es su marido dejando presentable a los muertos; se hace un silencio en su mente y en su mente apenas consigue recordar cual fue la última vez que acarició su cuerpo.
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