RUTINA
Rutina.
Es una mañana como otra cualquiera, en el teléfono suena el
desgarrador ruido matutino de la alarma que inyecta en mis venas el cotidiano
chute de adrenalina; incorporo mi dolorido cuerpo sin hacer apenas ruido y,
como de costumbre, trago las pastillas en un par de sorbos.
Siento una sensación extraña, como si no hubiera dormido
bien, y me dirijo hacia el cuarto de baño.
De una manera rutinaria me apoyo en el lavabo, me miro al
espejo y el miedo eleva mis pulsaciones. Observo el rostro que en él se refleja
y... no me reconozco. Sin lugar a duda la imagen reflejada en el espejo es mi
cara, pero esa imagen solo me es familiar; mis ojos tristes con forma almendrada
y de color marrón verdoso, parecen ser los mismos, pero no, no son mis ojos. Escudriño
los rasgos de mi cara, esa imagen que se refleja también ha heredado la nariz
de la familia, una nariz griega, con su tabique recto y bien definido que siempre
me dio un cierto toque de distinción. La miro con curiosidad, pero, no, no es
mi nariz. Van subiendo mis pulsaciones y la sospecha va aumentando, y entonces
me pregunto — ¿quién me está mirando desde el fondo del espejo?
Con un valor inusitado, sigo explorando una cara que me mira
fijamente, con sus pupilas dilatadas.
Acaricio con unos dedos afilados y desconocidos las entradas
del pelo en mi cabeza y todo me parece conocido pero distante. Los pasos por mi
frente, estudio cada arruga que la vida me ha ido dibujando, intento en vano reconocerlas,
cierro los ojos y los abro deseando encontrar la verdad; pongo la mirada
perdida en mis finos labios sin color, mis comisuras caídas se ocultan tras la
barba apenas cuidada, las mejillas planas hacen un rostro largo y estrecho y
percibo el mal olor del aliento que desprende la figura del espejo.
Pienso, pienso como desenmascarar a esa imagen que me engaña,
que se burla de mis sentidos pero que no llega a confundirme.
Ya sé — pero no quiero pensarlo—, puede que la imagen lea mi
mente y, de una manera fugaz, aparto la mirada del espejo, miro al suelo,
respiro profundamente y comienzo la cuenta atrás, tres, dos uno…Alzo la mirada y
fijo mis sentidos en el parpado superior del ojo derecho de mi reflejo.
Una ola de satisfacción invade mi cuerpo. Ese rostro
reflejado, no, no soy yo, estaba seguro y al fin he descubierto el engaño, una
pequeña cicatriz te ha descubierto quien quiera que seas, ahora sé que estoy
encerrado en un cuerpo que no es el mío. No sé quién eres ni lo que pretendes,
pero de momento no has logrado burlarme, sigo siendo yo.
El sonido de la megafonía me irrita, llaman para el
desayuno.
Comentarios
Publicar un comentario