Todos somos humanos
Sentado sobre aquellos restos de electrodomésticos, sentí la humedad de mi ropa y como el frio empezaba a invadir mis huesos, el silencio era terriblemente sordo, roto por algún chapoteo en el agua, de cualquier ser en huida de su cruel destino, solo veía restos, nada completo solo restos de cosas, de sueños, de vidas, partes inconexas rotas destrozadas e inservibles, empezaba a oler la muerte, y pensé que la muerte paseaba por entre nosotros dejando su fuerte olor a desgracia. Mi boca estaba seca, apenas podía tragar saliva, mi cuerpo se negaba a ser depósito de más miserias y mis ojos, mis ojos se mantenían con ese orgullo de mi estirpe, no podían expresarse, solo deseaban casi con incredulidad ingenua que todo aquello no fuera más que una pesadilla.
Sentí de pronto otro traqueteo de la tierra, pero ya me daba igual, todo me daba igual, un terremoto más, un tsunami más diez mil muertos más, todo era igual, mi familia ya se había ido con el primer trueno de tierra y allí me encontraba yo con la ropa húmeda, los ojos secos y una pregunta, a quien no saber preguntar.
Me volví a colocar mi casco, me despedí de la muerte con una reverencia y al pensar en mi próxima vida, no pude retener una pequeña lágrima, al desear volver a nacer en Japón.

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