Chacho
Por la ventana del cuarto entra la tenue luz del farol de la calle y el silencio de la noche se rompe con el sonido de algún grillo taciturno.
Después de meditar no le queda otra opción aunque le partiese el alma : “los hombres debemos ser hombres en todo momento y pagar por nuestros pecados”
Tumbado en la cama mira fijamente al techo con los ojos abiertos; mientras, su mujer respira con dificultad produciendo unos ronquidos casi sordos.
¡Que lento pasa el tiempo cuando se tiene prisa!; y las ideas martillean su mente constantemente encontrando en el canto del grillo el único alivio de distracción posible.
Se incorpora sobre el colchón de lana .
¿Adónde vas tan temprano?
Hoy me toca el riego y tengo que hacer unas pozas antes de que den el agua, con luna llena se puede trabajar bien.
Ella, mujer yerma, se levanta para preparar la merienda, mientras, él vierte un poco de agua en la palangana y prepara los arreos del afeitado.
¿Llamo a la niña para que te ayude?
Déjala es muy temprano, que descanse. -responde con voz tajante y seca.
Baja las escaleras y sale al corral mira atentamente los conejos, pájaros torcales, y las gallinas que al oírle empiezan a bailotear de un modo nervioso, entre sus piernas; acaricia a la mula ¡ay! mi amiga Lucero, ¿quién tuviera tu fuerza para soportar esta carga?, suspira; le toca las orejas puntiagudas y ella le regala el calor que despide su cuerpo
Vamos amiga, que tenemos trabajo; le dice suavemente al oído.
Nena.- grita.
Ven y me ayudas a ponerles los serones.
Es una tarea, que no por repetitiva, deja de ser fastidiosa, Lucero aguarda silenciosa, su aparejo, las moscas huéspedes de la cuadra, se le posan en sus ojos y Lucero mueve la cabeza, haciéndolas refugiarse con vuelos zigzagueantes en la bombilla oscurecidas por excrementos de antiguas generaciones extintas.
Joder que se te va a volcar niña.ten cuidado.
Y este hombre, no subas y aguanta un poco.
Con la rapidez que da el enfado, da media vuelta a Lucero y empuja con fuerza el serón que su mujer intenta sujetar, profiriendo alguna blasfemia, que ella reprime pidiendo perdón a algún santo, de esos de los que frecuenta y con los que mantiene eternos monólogos rítmicos y acompasados.
Ya está, anda vete a la cocina, ya acabo yo.
Echa la manta, la azada, un hacha pequeña para las olivas, un viejo abrigo por si le da frio y una larga soga. Pone el bozal a Lucero y se sitúa bajo su estéril vientre mientras ata las cinchas del capacho. Ella, vieja mula se deja hacer golpeando suavemente su mano izquierda y herrada sobre el empedrado del suelo.
Venga nena que me voy, dame la merendilla.
Ella con pasos ligeros le da la talega con la comida, y se vuelve rápidamente a la cocina para traerle el café humeante y mientras bebe, ella coge la correa y saca a Lucero a la calle, una calle vestida de un blanco pálido.
Sin mediar palabra monta a Lucero y emprende su rutinaria marcha; la mujer queda en la casa echando los pestillos de la media puerta y él siente a su espalda la mirada de una mujer estéril y no por ello alivia la angustia que le corroe las extrañas.
La noche blanca marca siluetas sobre el empedrado, solo alteradas por perros hambrientos, sobrevivientes de una triste guerra, que ladran al hambre y a sombras fantasmales que la noche saca de las cunetas y los pasea por el pueblo.
Venga Lucero arre, que la faena nos espera.
Y en el silencio la pesadilla vuelve atormentar su vida.
No puedo perdonármelo, ¿como pude desafiar de ese modo a Dios? ¿Como puedo vivir con esta carga que apenas me deja respirar? ¿Como no me castiga Dios y me mata cruelmente? ¿Será este mi castigo? Esperar lo inevitable, esperar el escándalo, esperar el repudio y la vergüenza para mí y para toda mi casta, ¡me cago en dios y en todos los santos!
Lucero aporrea sinfónicamente el suelo, con sus viejas patas, mientras baja la cuesta camino de la huerta, siendo la luna testigo de las lágrimas de aquel hombre.
Con el escobón su mujer recoge concienzudamente, los restos que Lucero ha ido dejando a su paso por la casa camino desde la cuadra a la calle, se aprieta el pañuelo y se agacha con la poca agilidad que le permite los años, para amontonar en el badil lo barrido con el escobón.
Mama, que haces tan temprano levantada.
Papa, que se ha tenido que ir pronto al campo.
¿Papa? ¿Se ha ido solo? ¿Cómo iba?
Claro nena, ¿con quién iba a ir? Y ¿ a qué vienen tantas preguntas?.
Su hija calla, pero en su rostro se dibuja la tragedia, una tragedia compartida, que reprime para no preocupar a su madre y sube con paso ligero las escaleras a su cuarto, donde se echa en la cama y llora desconsoladamente, se levanta mira por la ventana y solo ve la luz pálida que envuelve la noche, y se sobrecoge, mientras se agarra con fuerza el vientre, donde es refugio de un ser que se alimenta de sus entrañas, suspira y llora, mientras recoge los cuatros trapos y una sandalias que lía en un hatillo.
Guardia civil pasa por la calle montada a caballo rompiendo pensamientos y silencios con sus conversaciones sin juicio, que hace que la luna huya hacia el campo dejando atrás al pueblo.
¡Soooo!
El baja de la mula, la coge de la correa del bozal se sitúa delante de ella y camina por un sendero sinuoso y estrecho que llega a su finca, en el camino escucha el armonioso sonido del agua que baja por los regueros caminos a las olivas, convirtiendo el campo en una bella sinfonía de ruidos y pálidos destellos.
Ata a Lucero a la higuera y le da suficientemente cuerda para que pueda comer de los matojos verdes que recubren el troncón; él descarga del serón la herramienta y cuelga de una oliva la talega de la comida en las ramas más espesas previendo la salida del sol.
La noche es hermosa así que aprovecha y con el azar realiza un par de ruedos a las olivas, con el componente mágico que produce la noche.
La luna se ha hecho pequeña , distante y el azul oscuro de la noche se va tornando en un matiz más claro, es el momento de sentarse y descansar, se acomoda sobre una roca cruzando su piernas y saca cuidadosamente el papel de fumar del bolsillo del chaleco de pana, del bolsillo del pantalón saca un lioillo de tabaco del que extrae un poco y lo extiende sobre el papel abierto sobre la palma de su mano, lo lía con parsimonia y moja con la punta de la lengua la goma del papel para unir ambos extremos, vuelve a meter su mano izquierda en el bolsillo del chaleco y extrae su fiel chisquero, desenrolla la mecha naranja de algodón y con el pitillo en la comisura de los labios , hace girar la rueda estriada con la palmo de su mano derecha prendiendo con pequeñas chispas la mecha, sopla acerca el pitillo y aspira con fuerza, saliendo de sus fosas nasales un humo gris con un fuerte olor.
Aquel hombre menudo, fibroso con ojos pequeños, achinados, su piel rajada y del color del barro, se levanta con parsimonia y pasea a través de sus olivas y las habla mientras, las toca , las mira y se recrea en ellas , observa los regueros y como van llenando las pozas de agua que se entrega a la tierra amante.
Se dirige con paso firme al serón recoge la soga se la echa al hombro y se encamina a la alberca del agua.
Los primeros rayos del sol producen una sombra balanceante sobre la alberca. Su hija sentada en un banco del andén de la estación Linares-Baeza espera el rápido a Madrid.

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