Lo que el miedo esconde
Me dirijo a casa de mi ex mujer; voy a recoger a mi hijo, he pensado llevarlo a los carricoches de la feria de un
pueblo cercano. Al llegar, el gato negro del vecino, se me cruza tres veces,
casi se me enrolla entre los pies y me hace caer; el dueño de aquel animalucho
seguro que se la beneficia, y más por meritos de ella que por atributos de él, ese
insaciable furor uterino, le hace disparar a cualquier pájaro que se mueva, aún
estando enjaulado detrás de una cremallera,
es su naturaleza y motivo del divorcio, si bien, ella siempre alegó ciertas
sospechas sobre mi hombría.
Juanito ya me esperaba en la puerta, sentí deseo de subir y comprobar si
podía dormir sola, pero solo el pensamiento que en nuestra ex cama hubiera
overbooking me hizo desistir.
Fue entrar al pueblo y meternos en una calle sin salida, de la que tuve
que salir marcha atrás, maniobra de la que nunca fui muy hábil. Afortunadamente
solo fue mi espejo retrovisor el que salió por los aires al darle a una camioneta
de piensos que, momentos después de entrar en la calle algún espabilado había
aparcado en la esquina.
Tras algo más de media hora, logré aparcar y otra media hora en llegar a los carricoches; la
noche no se estaba presentando muy católica, pero al ver a Juanito y Angelito
de la mano y cómo se miraban, haría lo posible porque lo pasaran bien.
Nuestra primera parada fue en los coches choques, ellos se montaron en
uno amarillo y yo en el número trece, que era el único que quedaba, por
megafonía se oía la canción “ In the Navy” de los Village People , canción que
me traía recuerdos de mi internado en aquel colegio del Opus . Metí la ficha en
el coche, enseguida sonó la sirena y todos los coches funcionando menos el mío,
situado en medio de la pista era el blanco de todos los coches; yo intentaba llamar al encargado, pero este
saltaba de coche en coche con habilidad circense persiguiendo a dos chicas que
enseñaba como el tirachinas negro sobresalía de la cintura del pantalón, por lo
que a mí, ni puto caso. Al acabar fui a reclamarle pero solo hablaba en rumano.
Nunca pensé que podía ir a peor, así que respiré profundo y fuimos a
comer a un puesto solitario de perritos calientes, donde me pareció ver el gato
negro del vecino de mi ex, pero ya se sabe que por la noche todos los gatos son
pardos.
¡La noria! ¡La noria!, repetían Angelito y Juanito a dúo; estaba claro
que seguían el plan urdido por la bruja de su madre, para que me produjera un
estado de ansiedad, así que cogí un tranquimazin y me lo puse bajo la lengua,
mientras recitaba en silencio aquello de
Omm, Omm, aprendido en mis clases de Yoga; todo fue inútil, allí estaba yo, detrás de su góndola, sentado junto a una
señora de más de 100 kilos ( seguramente pagada por mi ex) y con unas
pulsaciones de 99 por minuto, claro está, sin comenzar el funcionamiento de la
atracción.
Como en un eterno flash back ,subía y bajaba escorado hacia la gorda e
incrementando mis pulsaciones, mi respiración , mis sudores y un miedo a morir aplastado
por mi sicaria vecina, que reía mientras saboreaba el algodón de azúcar que se extendía
por su cara y su pelo; no pude más , empecé a gritar, me levanté del asiento e
intenté bajarme con la rueda gigante en
marcha; más de 160 pulsaciones, un sudor frío mezclado con algodón de azúcar,
visión borrosa y miedo, mucho miedo, cuando una mano gordinflona me cogía del cuello y metía mi cabeza entre
dos enormes tetas, cerrándome las fosas nasales y evitando mi hiperventilación,
para caer mareado debido al olor clorofórmico que desprendía aquel canal de Suez.
Me desperté sobre el suelo, con las caras del rumano, de la gorda, de
Juanito y Angelito cogidos de la mano, y un municipal que pedía una ambulancia
para un suicida, miré hacia arriba y miles de guijarros eran sostenidos por una
materia negra, evitando caérseme encima; justo en aquel momento percibí el
origen de mis males.
Como resultado de aquella noche perdí la custodia compartida, me denunció
el rumano, a la gorda la premiaron por salvar una vida, y entre tanto yo, abrí
la puerta de un armario que me asfixiaba, silbando aquella canción que tocaban
un grupo de maricones americanos y a mí me ponía a cien.

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