30 Noviembre
Sube
la escalera que conduce a la camara, abre la puerta de madera y surgen rápidos movimientos hacia algún lugar
escondido y seguro, de los pequeños inquilinos que allí habitan. Por la pequeña
ventana enrejada penetra la claridad de la mañana; aparta los sacos de pienso,
algún trasto traspuesto y entresaca de
sacos de papel una cruz negra de forja de algo más de un metro, la deja caer a
un lado y ordena el caos producido. Coge la negra cruz, cierra la vieja puerta
y baja con cierto ahogo hasta el corral.
—
¡Juana!—grita el abuelo.
—Ya
voy Manuel— responde débilmente la abuela.
—Ya
puedes ir limpiándola, y aligera que mira qué hora es —dice el abuelo con ese
tono de mando moldeado por trances de la vida.
La
abuela calla, mira con cariño la cruz y entre sus labios se diluye un Ave
Maria, mientras con un trapo y agua, limpia con celo, el polvo y excrementos de
pájaros acumulados de todo un año.
— ¡Ay
qué pena, Virgen de Cuadros, ay qué pena!—dice la abuela, mientras aprieta el
nudo del pañuelo de su cabeza.
Baja
el abuelo por la Rambla, el anual camino del cementerio, el cigarro encendido,
el paso ligero a pesar del peso de la cruz, y maldice como cada año, la temprana
muerte de su hija. El cuerpo erguido, su eterna gorra, su chaqueta vieja, su
chaleco y esa manía suya de llevar abrochado el botón del cuello de la camisa;
los pantalones se ciñen a la altura del ombligo ajustado al último agujero de
la correa, y los calcetines lucen impunemente. Los ojos pequeños se pierden
entre profundas arrugas, como semillas entre surcos arados por los avatares de
una dura vida de guerra, hambre y fatigas. Siempre la frente alta, la soberbia
en el paso, y el humo que se escapa entre los dedos huesudos de la mano.
Al
entrar al cementerio apontoca la cruz contra la pared, se quita la gorra, saca
el pañuelo y seca el sudor de su cabeza despojada de pelo y para tomar aliento,
otro cigarro que aspira con fuerza, pero él no se apoya, mira la cruz y con el
pitillo en la boca, la carga con arrogancia y emprende el último tramo del
recorrido. Mientras baja, mira a ambos lados y contempla los sitios delimitados
con cruces y lapidas escritas con nombres conocidos; a la mitad se alza el
panteón de la familia del párroco, entorna los ojos y aprieta los dientes, sigue
su paso y a la derecha los nichos. Abajo del todo y entre las tapias y los
nichos, un extenso solar de tierra con dos montículos transversales, que
delimitan una especie de hondonada, con cruces de forja y madera colocadas a
tresbolillo, acorta el paso e hinca la cruz con rabia, como cada año en el
mismo sitio; la pone derecha y la afianza; por la tarde vendrá la abuela con
los farolillos y la corona de flores de plástico; enciende otro cigarro y
vuelve a leer las iníciales A.L.M. de
acero, pintadas de purpurina dorada; se encaja la gorra , no reza y sube
ligero.

Era arrogante, , orgulloso y seguro, siempre miró a la vida de frente, cara a cara,, sin insolencia, pero con decisión, sin amedranto, con seguridad, y en el ocaso de su vida supo ser fiel a sus principios, fue todo un patriarca.
ResponderEliminarY Juana limpiaría la cruz, y Manuel la llevaría, y puede, ¿por qué no? que tuviera esa actitud, luego irían toda la chiquillería.
Enhorabuena, reflejas su esencia, la esencia de los hombres curtidos por una vida dura, con la mirada siempre al frente, sin tiempo para detenerse...había que seguir.....
Arrogante,orgulloso,seguro,decidido y rico, muy rico del amor de sus nietos.
ResponderEliminarUn beso abuelo.