¿Por qué decimos musas, cuando queremos decir Vodka.?


¿Por qué decimos musas, cuando queremos decir Vodka?.

A pesar del adormecimiento de mis sentidos, percibo  el frio tacto de la porcelana del inodoro en mis manos, y el punzante dolor de mis rodillas apoyadas sobre el suelo; la cabeza me duele  y veo reflejada mi desencajada cara en la pequeña superficie de agua. En  la noche, la arcada de bilis usa la taza del wáter como caja de resonancia y retumba por toda la vivienda. Vuelvo a tirar de la cisterna, me incorporo a tientas, y enderezo sobre  el lavabo, veo borrosamente mi cara en el espejo; los ojos rojos y como al contraerse las pupilas el iris cobra un atractivo color verde.― Parece que de esta salgo, ―pienso. Abro el grifo y  refresco la cara y, a pesar de la debilidad logro llegar a la cama dejándome caer en ella, intento que la nausea  no vuelva a castigarme de nuevo. Afortunadamente el recuerdo de la noche me trae una sonrisa a la cara, fue una noche redonda o mejor dicho, plana, porque tenía un culo estupendo y unos labios  jugosos, pero sus tetas servirían para un buen spot publicitario del “antes” de cualquier cirujano plástico. Apenas he dormido, y ya no tengo edad para estos desmadres que me monto, y que solo me proporcionan una extraña sensación de vacío a la mañana siguiente, además de un fuerte dolor de estomago, mitigado por capsulas de Omeprazol.
Reanudo la rutina diaria a la que me doy sin resistencia, como cada mañana aparece su recuerdo como  pequeñas gotas de cicuta que recorren mis venas neutralizando el efecto del alcohol; único amigo que me ayuda a  olvidarla.
Do, do, mi, fa, fa, no tengo ánimos para componer, cada nota me golpea la cabeza impunemente, saco un pequeño vaso de la vitrina y la lleno de Moskovskaya, quizás mi vieja amiga atraiga mis musas; nos prometimos el cielo, las estrellas, la libertad, vivimos la vida envueltos en una pasión desnuda y de ello solo me queda su ausencia, do, do, do. El humo del cigarro me distrae y me relaja, supongo que a la vez me mata; la vida, la muerte, palabras perecederas, generadoras de libros, corrientes filosóficas, películas y un dolor enorme de cabeza.
—Soy yo, por favor no me cuelgues.
— ¿Qué quieres?
—verte.
—sabes que no puede ser.
—Necesito hablar contigo.
— ¿Cuántas copas llevas ya?
—¿Por qué eres tan hija de puta?.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.
—La madre que la parió.
El  Moskovskaya  me raja la garganta y pienso —debí meterla en el congelador.
Entonces saco de mi bolsillo un papel con un número de teléfono y  un nombre.
— ¿Si?
—Hola, te prometí que te llamaría.
— ¿Eres….?
—Sí.
— ¡Ah! Dime.
—Podríamos vernos esta noche,
—Verás, he quedado, esto… quizás ¿otro día?
—No sé, salgo hacia Nueva York, ya sabes…. tengo que grabar.
—No te preocupes, ya nos veremos.
—ok. Un beso.
—chao.
Do, do, do, mi, la, mi, la, sol, do, do.
Mi amigo Rafa se mofa de mí cuando le hablo lo poco que me importa el sexo, entonces me dice: “estás viejo,” y yo respondo: “no tienes ni idea de lo que es el amor”.

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