Una pequeña historia de los 60
Recuerdo el efecto del líquido helado
sobre mi piel, cada vez que me movía en la cama, y como me arropaba con fuerza,
intentado dormir, para olvidar otra batalla perdida y sus consecuencias. Una guerra que gané
cuando cumplí los diez años, y que tuve que resistir otros tres años más,
hasta el décimo cumpleaños de mi hermano. Lo peor no era la tiritona en
invierno, ni las sábanas húmedas, ni incluso aquellos calzoncillos enormes y
blancos empapados en orín, sino la vergüenza de cada madrugada al despertarme
muerto de frio, y algún que otro correazo en las nalgas, que como terapia de
choque administraba de forma vehemente mi padre.
Cuando mi hermano y yo dejamos de mearnos en la
cama y con la marcha de mi primo, pudimos tener una cama cada uno, fue algo
verdaderamente maravilloso para nosotros, eso sí, nunca dejamos de compartir
habitación, y con ella, los mismos miedos, las misma pistolas, los mismos libros y aquellos refrescantes
recuerdos.
Mi barrio estaba situado en medio de la
nada, a pie de la carretera de Cádiz, donde apenas circulaban coches y rodeada
de campos de caña de azúcar que, poco a poco fueron ocupados por bloques de
hormigón y personas que nada tenía que ver con la gente de mi barrio. Cuando
llovía, sus calles nos ofrecían un amplio abanico de posibilidades, jugar al
pincho, tirar piedras a los charcos, incluso meternos en ellos para que
desbordaran las botas de agua inundándolas,
y cuando no llovía, las posibilidades se ampliaban a, poli-ladro,
futbol, pilla-pilla, escondite, las bolas, olimpiadas, pañuelo. Una escombrera,
nos invitaba a ser exploradores y defender cada montículo de escombros con batallas de piedras.
De todo
aquello me quedan tres cicatrices, una en el parpado del ojo derecho, hecha por
el nieto de la peluquera, con una caña, la segunda en la pierna derecha, y la
última, la más íntima, hecha por los recuerdos de aquellos niños que de nuestro
bando o del bando contrario, se llevó la droga.
Alejandro había habilitado en una habitación de un
piso de planta baja, un puesto de venta de chuches, pasado los años, se
vanagloriaba de habernos criado a mi hermano y a mí a base de chicles, pero ese
merito se lo reservo a mi madre, que cada tarde a las seis nos traía una viena humeante
de la panificadora, a la que acompañábamos de mortadela Mina y nos preparaba
para un futuro incierto.
En aquella época cualquier acontecimiento por muy
insignificante que pareciera se vivía de una manera especial, de eso se
aprovechaba Locomotoro, que reunía en casa de algún vecino que tenía televisión,
a todos los niños del bloque, así hasta que poco a poco las televisiones fueron
ocupando un lugar en nuestras vidas, lo mismo ocurrió con el teléfono y
aquellas llamadas desde Suiza del hermano de Vitoriano que llamaba a mi casa para hablar con él y con su madre. La vida entonces te sorprendía cada día con
nuevos inventos, el mundo exterior se introducía con una fuerza avasalladora
por nuestras retinas y estas lo asimilaban ávidas de conocimiento.
A los años del pantalón corto y las rodillas desolladas,
le sucedieron los pantalones de campana, una ligera melena y una camisa de
cuadros ajustada, la batalla entonces se entabló contra el mundo, un mundo que
pretendíamos cambiar a base de idealismo y buena voluntad, con una palabra que
nos erizaba la piel y por la que muchos hubieran dado la vida, ¡Libertad!

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