soledades anónimas capitulo II

El pitillo de la mañana apaga con efectividad la seca tos  que me rompe la garganta. Cualquier día me dará billete de ida al otro barrio, pero hasta ese momento, el humo me hace entornar los ojos ante una vida que no se merece contemplar con  ojos muy abiertos.
Apago el pitillo antes de entrar en la cafetería; esta manía de cuidar de la salud de los ciudadanos hará que un  día no podamos ser dueños de nosotros mismos, y mucho menos de nuestros sueños.
Al entrar observo una pareja sentada uno en frente del otro, donde pasan desapercibidas dos tazas de café; no se hablan, ni se miran, teclean ansiosos un pequeño móvil al que sonríen bobaliconamente. Debimos adivinar que todo invento que nace fruto de las guerras solo nos puede llevar a  una ventana abierta  a lo desconocido e incontrolable. La red archiva y valora nuestras vidas y pensamientos, somos realmente vulnerables, todo puede saberse, nuestros ahorros, nuestras gustos, nuestros movimientos, incluso que pensáremos y eso nos hace ser fácil de controlar. Por eso me oculto en el humo gris del cigarro, mientras la gente vive abducida por una brillante pantalla de móvil.
 - buenos días Manuel, un cortado y un pitufo de salchichón.
 - ya va marchando Inspector.
 - Tenemos un Mayo un tanto revuelto.
  - Ya sabe inspector, al final el cambio climático sirvió para que algunos se llenasen las carteras.
 - eso nunca lo sabremos, lo que sí es cierto que Vivaldi vivió y se inspiró en una primavera como la de este año.
Posiblemente, Manuel no habrá entendido lo que he querido decir, me mira receloso, y algo preocupado, pero no sabe que unos de los motivos por no dejar esta vida es el dejar de oír esa maravillosa música, además del sexo, y un buen whisky. Y ni que decir tiene, según tengo entendido por alguien bien informado, que nuestra primera parada será en el purgatorio, lejos de las tan ansiadas bacanales  en el infierno, expiando los pecados, que en mi caso sería de condena perpetua, quizá por eso, no me meto el cañón de mi  42 y desparramo mis sesos por el salón. Ya que nunca se sabe.
Seguro que el asesinato de Susana fue motivado por miedo; en mi trabajo el miedo es el mayor enemigo, y movido por él, el ser humano realiza acciones impensables. Las grandes guerras utilizaron el miedo del pueblo para alimentarse, daba igual tener miedo a los judíos, al hambre, o aquello que fuera diferente, el miedo envuelve en su loca espiral, a mentes pacíficas, hasta convertirlas en despiadados depredadores.
Sobre mi mesa de trabajo, me espera el dossier, caso 329; me acomodo en mi sillón y con habitual rutina comienzo a escuchar que me puede decir todo aquello.
Nombre.- Susana Diaz.
Edad.-  27 años
Estatura.- 1.69 mt
Peso.- 60 kg.
Caucásica.
Pelo castaño, compresión atlética, pequeña cicatriz en la barbilla.
Dirección.- Calle Melancolía nº 27 ático.
Miro su foto y percibo como todos aquellos datos dejan de tener sentido poco a poco.
Profesión.- Estudiante de cuarto curso de Arte.
De esa manera doy forma a mi trabajo.
Hora de la muerte.- 01.33
Última vez vista con vida 18:30, en la cafetería de la Facultad de  Filosofía acompañada por un hombre de mediana edad.
Muchos más datos, corretean entre las páginas sin apenas decir nada transcendente sobre ella, vuelvo a mirar su foto, y sus tristes ojos me traen recuerdos que aún me queman la vida.
 -Inspector ya tenemos localizado al tipo de la cafetería.
Blanca sonríe y olfatea su  presa, mientras sus ojos escudriñan mi aspecto desaliñado.

-Vamos Blanca no dejemos que esa alimaña pueda escapar.

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