Mundo perdido
Aquel mueble de madera rectangular albergaba el gran poder que ejercíamos sobre 11 figuras de madera, atravesadas en el costado por una barra de acero niquelada, mientras oímos una vez tras otra “Huracan” de Bob Dylan.
Mi amigo Curro y yo nos conocíamos desde que teníamos 5 años, vivíamos en el mismo barrio, siempre fuimos al mismo colegio, nos sentábamos en la misma mesa y queríamos a las mismas niñas. Yo en la defensa y la portería y él en la media y la delantera, casi siempre ganábamos, salvo cuando alguna pareja de otros barrios llegaba y nos ganaba, acabando discutiendo entre nosotros para dilucidar de quién había sido la culpa.
Por aquel tiempo queríamos cambiar el mundo, con nuestras camisas con el cuello vuelto y los jerséis con coderas, y el mundo nos cambió, incluso a algunos se los llevó por delante de una sobredosis o de una cirrosis años mas tarde.
Recuerdo escribir una y mil veces la palabra “no” en folios, pupitres, paredes, en cualquier sitio, “NO”. De haber vivido en New York me habrían llevado a un psicoanalista, y lo deberían de haber hecho. Después de tanto tiempo no se a que le decía “no” posiblemente fuera un tic nervioso, pienso hoy.
Con la defensa metía unos goles, perfectos, giraba la muñeca haciendo desplazar a la bola hacia atrás y chocando esta con las patas del muñeco y la pared contigua a mi portería, así varias veces, observaba los movimientos de defensa del delantero y como intentaba cubrir el disparo , un segundo o dos y ya lo veía , sabía lo que hacía, lo intuía , veía el hueco y solo había que ser más rápido y tirar fuerte, un golpe seco de muñeca precedido de un movimiento lateral y el sonido explosivo de la bola al golpear con fuerza la madera de la portería. Entonces apoyaba mis brazos sobre las barras y despegaba los pies del suelo, doblando sutilmente estas, para acabar dándonos la mano mi compañero y yo.El dueño del futbolín era un hombre alto, gordo y feo, el pelo ensortijado y sucio, los ojos pequeños, y el labio inferior carnoso, que le llegaba a ocupar el sitio del labio de arriba. Siempre estaba sudando y siempre con la misma camisa, sentado detrás de un pequeño mostrador de obra situado en la puerta de entrada y encima del mostrador botes de chucherías y caramelos que no dejaban ver su cara cuando se sentaba a leer alguna revista guarra. Nunca supe su nombre, a pesar de haber pasado allí innumerables tardes.
El sucio local del futbolín estaba ocupado por una mesa de ping-pong a la entrada, presidiendo el local la verde mesa de billar, con su señorío especial y al fondo el futbolín junto a las puertas de los servicios que siempre estaban rotas y que tenían por tirador una cuerda. Tapando las paredes se repartían las maquinas del Fliper y un día trajeron una que era de ping-pong en una pantalla que se movía con unas ruedas en los extremos del panel frontal.
Hubo un tiempo que un grupo de niñas se atrevió a irrumpir en aquel mundo de niños, “ las niñas de los futbolines” Nunca hablamos con ellas, ni fuera ni dentro de los futbolines ni tan siquiera nos saludábamos a pesar de vernos todas las tarde en aquel local donde compartíamos sudores, olores y desesperanza.
Un día cerraron el futbolín , afortunadamente ya éramos algo mayores y pudimos superarlo fácilmente, unos años antes hubiera supuesto robarnos un sitio en el mundo.
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