Una muerte un tanto ....dura
A veces me pregunto, porque tuvo que pasarme a mí, mientras una mosca revolotea impertinentemente por encima de mi cabeza.
Se fue como siempre quiso mi madre que estuviera, con el ánimo subido, ¡Dios que berrinche más grande!, todavía recuerdo las fatigas que pasé intentando en balde, abrochar la bragueta de la mortaja, bien por mi nerviosismo, porque la mortaja era el traje de novio, o por el tamaño que aquello había adquirido, fue un faena inútil, así que tuve que desistir, coloqué sus manos sobre su bajo vientre, y sobre ellas, aquellas flores , tan olorosas, causantes de mi desgracia.
La muerte de mi padre fue una fatalidad, sobre todo para mi, a él ya le quedaba poco, pero a mí me dejo, sin herencia y una condena y todo por un simple error. Las pastillas eran iguales, idénticas, quizás un tono mas azul, debí de imaginar que algo debía hacer mi padre con aquella colombiana que deslizaba en su cama, los miércoles día de descanso en el club de alterne, y mis peleas con él, conocidas por todo el pueblo, por este hecho, pedir a D. Jose que intercediera en su salvación, y hable con el cabo de los civiles para que le pidieran los papeles de extranjería, todo eso se volvió en mi contra, el día del juicio.
Era la hora de la comida, cogí la bolsa del Carrefour llena de cajas de pastillas, pagadas por nuestro sistema sanitario y aunque me las había aprendido por los colores , porque yo nunca fui de letras, sino mas bien se me da bien el arte, no me resultó extraño ese azul un poco más apagado que las habituales , dije serán genéricas y ….zas vaso de agua al canto ,pero eso no sirvió como atenuante en mi defensa, ya que le encontraron tres veces la dosis , en los análisis de sangre, y es que ese día era… Miércoles, como prueba de mi defensa, se presentó la foto de la cara de mi padre sobre aquellas sabanas blancas y esa sonrisa que pudo ablandar un poco al juez, aun recuerdo a mi abogada , hablar de una forma airada, sobre el derecho a una muerte digna, y el descojone general e indecente de los asistentes a la sala.
Recuerdo a mi padre en cuerpo presente, con su sonrisa Gioconda, que era la envidia de todos aquellos de su quinta, que repetían una y otra vez, ¡ mira que cara de felicidad , ha visto a los angeles! Mientras yo me retorcía de desasosiego, pensando en que alguien se pudiera dar cuenta de lo sucedido.
Algunas mujeres incluso llegaban a tocarlo, ya se sabe como es la gente de los pueblos, pero el allí inmóvil, sonriente, con su miembro inhiesto, camuflado como fusil en la selva de Borneo, y yo allí, filosofando sobre la importancia del tono de los colores y la mierda de ataúd, que le había puesto al pobre después de llevar pagando 40 años a Santa Lucía, pero el, ya no estaba para hoja de reclamaciones.
Yo esperaba que con el tiempo y dado que el corazón no bombeaba, aquello se debería de bajar, pero no había forma era castigo de dios, y pensé en los pecados cometidos, en mi soberbia, en mi ira, en mis peleas con él, y en aquella frase que le decía constantemente: un día el vicio, te va a matar.
Y como no, tuvo que ser mi cuñada, el ángel justiciero, que le decía abuelo hoy es miércoles , hoy viene la mujer del zapatero , refiriéndose a la ley de dependencia, la pobre , que rayaba en la idiotez, en esa idiotez a lo Forrest Gant, que todo le sale bien y que a mí me desquiciaba, y tuvo que ser ella, que apenas hizo nada , durante el velatorio, ni preparó café, ni dio un poco de aguardiente a los hombres mientras esperaban en la calle, ni tan siquiera echó matamoscas , con el mosquerío que inundaba la habitación atraídas por el perfume nauseabundo de las flores , y para una cosa que hizo, solo una cosa, de esa manera suya de hacerlas, sin maldad, sin acritud, mirando al tendido, sonriendo bobaliconamente, un manotazo con su habitual torpeza a la puñetera mosca que se posaba plácidamente sobre el matojo de flores, que cubría el miembro rígido y erguido del difunto, desparramándolas por todo el ataúd de aglomerado y dejando al descubierto el cuerpo del delito.
En un segundo todo cambió.
Risas nerviosas de mujeres enlutadas, hombres curiosos que se arremolinaban a la puerta de la habitación, diciendo obscenidades, y el cabo de la guardia civil que clavando sus ojos en mi, dijo con voz sorprendida “¿ esto qué polla es?” a lo que D. José, el párroco horrorizado por la escena, emprendió a echar agua bendita con el hisopo a diestro y siniestro, mientras la mosca se le posaba sobre su calva, entonces pensé asesinar a la mosca y a mi cuñada, entretanto el pene, y debido al alboroto había decidido volver a su estado cochambroso y rumboso de siempre.
Homicidio en tercer grado, 3 años y 69.. Días, y gracias a dios. Cuando me asomo desde mi celda veo a Fermín el borracho, y a una niña rubia con coletas cantando aquello de
Fermín, Fermín, que dejaste la botella de vino y te pasaste al anís.

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