Un trabajo pendiente.





La humedad de la noche empapa su ropa y se mezcla con el sudor frio que produce el miedo. Su cuerpo abatido, la espalda encorvada, el aspecto desaliñado y ese dulce olor a ginebra. El viento apenas mueve débilmente su pelo sucio y desmarañado. El color del fracaso se refleja en los ojos, que se esconden en las profundas cuencas del  rostro, contra los que restriega sus dedos manchados de nicotina, intentando secar las últimas lágrimas de desesperanza.
 La mirada perdida, la boca seca y su futuro a punto de rendirse. Sus grandes pies apenas mantienen el equilibrio sobre el alféizar.
Las piernas le tiemblan y hace el último balance de su vida. El fracaso de su matrimonio, víctima de la rutina; el sexo con mujeres alquiladas, vestidas de carne desnuda, y el alcohol para olvidar que era un alcohólico. Sus padres ya  murieron, para sus hermanos él estaba muerto, sus hijos…sus hijos por los que moría a diario.
Un sarcástico golpe de viento le empuja violentamente a la realidad y él se aferra con fuerza a la ventana. Instintivamente, mira hacia abajo, la calle está vacía como su alma.
Piensa en la muerte y se estremece, piensa en Dios y no lo encuentra, piensa en el hombre y siente soledad, desengaño y olvido.
El observa un punto incandescente tras una ventana y como la calada ilumina una cara sin formas. Alguien lo observa atentamente y se  avergüenza, Le mira impasible, saboreando el instante de la desesperación y esperando la caída.
Su corazón se acelera rápidamente, las piernas le tiemblan con más intensidad, su respiración se entrecorta y descubre con terror que quién le mira fijamente es la muerte. Entonces  busca la faz de la vida desesperadamente. No, no quiere caer. Se sujeta con fuerza a la persiana mientras se agacha, su ritmo cardiaco sigue en aumento y  se dice una y otra vez, no, no quiero morir. A duras penas consigue colar una pierna en la habitación y deja caer su cuerpo, siente el golpe fuerte y seco contra la espalda, el frio del suelo le hace estremecerse, y le ciega la luz de la  lámpara. Sobre la solería su pulso recobra la arritmia particular, lanza un suspiro y sonríe. Por primera vez en mucho tiempo ha sido capaz de ganar y piensa que debe ser un buen día para empezar a vivir, a luchar, a olvidar. En ese momento una bocanada agria de ginebra y sangre se desparrama por su cara, se siente mal, y cierra los ojos. Junto a sus pies la muerte apura el cigarro .

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