2 microrrelatos
Un lugar en el asfalto.
Su aspecto desaliñado y sucio no desmerecía su autoridad, o tal vez fuera la firmeza de sus gestos y ademanes la causante de ello. Su piel ennegrecida por el sol y la ausencia de jabón, su adictiva delgadez, y el tatuaje que se atisbaba como nacía desde la muñeca hasta ocultarse por la manga de la roída camisa infundía, sin lugar a dudas, algo parecido al miedo. Su reino, de apenas 40 metros de calle, lo administraba con justicia haciendo cumplir la ley como sheriff del oeste americano con solo un rápido movimiento de brazos acompañado de algún silbido de atención, y al final, el tributo exigido por ocupar un lugar en su mundo y por el poder que le confiere su gorrilla.
Lo único importante.
La uña del dedo meñique estaba cubierta por una fina capa de nicotina, dándole un color marrón oscuro laboriosamente trabajado, la faz surcada por cientos de arrugas, los ojos diminutos, su calva cubierta por la gorra se recluía del sol y el cuerpo simulaba ser perchero de pellejos solo sostenidos por una inquebrantable voluntad. Sentado sobre aquella piedra a la entrada de la finca observaba el fluir ruidoso del agua por las regueras hasta llegar a la poza y desde allí vuelta a empezar. Rompió el sonido del chapoteo encendiendo la radio, en la que pregonaban el crash económico de la bolsa y la recesión del PIB; cogió un tomate y saco un trozo de pan de la talega, hirió el tomate desangrándolo, empapó el pan, apagó la radio, y el murmullo del agua al llegar a la poza puso en orden aquel esquizofrénico mundo.


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