LA FINAL
Como cada mañana, espera el autobús que le lleva al instituto, viste un jersey azul y un vaquero, sostiene en su mano una carpeta tuneada con una pegatina verde y blanca, que apoya en su costado y en el interior de la carpeta, libros , un block de anillas y los colores negro y rojo de la bandera anarquista. Al subir, se coloca al fondo del autobús; y es que a pesar de los cuarenta y cinco minutos de recorrido, prefiere estar de pie que ir sentado y verse en la obligación de ceder el asiento, como manda la educación recibida y tener entonces que aguantar los empujones de un abarrotado autobús donde suben y bajan ciento de historias con un destino efímero. Las nueve menos diez; los lunes alargan el tiempo del viaje, y tiene diez minutos para adaptarse a un mundo de folios, adolescencia, e ideales. Después de las dos primeras clases, la megafonía pregona el recreo, produciendo la misma respuesta incondicional que al perro de Pávlov, entre jóvenes llenos de acné y futuro. Su amigo Curro le acompaña a comprar el bocata de salchichón mientras estudian el horario de clases, tienen que elegir una hora y quedar con la otra pareja de finalistas y que mejor hora que la de inglés, que además es con la lectora, y como es “guiri” nunca se entera de nada; está decidido, la final será de una a dos. No le gusta faltar a clase, es como faltar al deber, un concepto muy inculcado en su modo de vida “el deber” tan opuesto a sus ideas ácratas y del que no puede desprenderse por más que lea a Federica Montseny, pero hoy es un día especial y contra el deber de estudiar prevalece el deber de ganar, por lo que habrá que preparar la huida, que tan celosamente impiden los bedeles. Ya han hablado con la pareja de la otra clase y todo está preparado, incluso parece ser, que los otros han quedado con niñas para animarlos, en eso ya parten en desventaja, a ellos les acompañará el repetidor, que siempre aprovecha una ocasión para poder salir de las cuatros paredes de la clase y que conoce el clandestino camino de salida, así como cientos de respuestas ante cualquier imprevisto. Al acabar la clase de Latín, salen por separado a los servicios, esperan que los profesores ocupen las aulas y con un nudo en la garganta recorren los largos pasillos que conducen a la calle. Su guía, les lleva por la parte trasera del salón de actos, muy cerca de la sala de profesores, su dominio de la situación les da tranquilidad, como pelotón a las ordenes de un buen oficial. Saltan una valla que da a una estrecha calle y por fin, están fuera. Ríen y con el nerviosismo del miedo vivido y del partido por disputar, aceleran los pasos, no deben retrasarse. Es la una y cuarto, cuando llegan; ya están los adversarios entrenando y jugueteando con las niñas; el local es grande y oscuro. El encargado es un hombre alto, gordo y feo con el pelo ensortijado y grasiento, su ropa sucia desprende un olor nauseabundo; aspira el humo de un pitillo, que parece tener vida entre sus carnosos labios, y con la escoba recoge la mugre y las colillas, mientras con mirada lasciva no quita ojo de los pequeños pechos incipientes de las niñas. Es el momento; su amigo Curro en la delantera, él en la defensa y el repetidor teclea las teclas A- 7 de la máquina de discos y entonces todo está dispuesto. Bob Dylan toca su guitarra cuando la bola golpea la madera del futbolín y por un momento desaparece el pasado y el futuro, el presente corretea entre las patas de los muñecos que atravesados por una barra niquelada, obedecen el giro de sus muñecas; las notas musicales de huracán aumentan la adrenalina en sus cuerpos y la libertad surge en gotas de sudor, impregnando el ambiente con un tufo de victoria.

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