LA TRINCHERA
Cientos de hombres huelen a fatiga, dolor y hambre en esta embarrada trinchera olvidada. Me aterra tener que morir, pero sigo aquí, esperando la orden de atacar, impasible, sin tener a quién o que rezar; sin recuerdos de mi niñez, sin rostros familiares que me reconforten en este momento de horror; solo me queda este pedazo de carboncillo y este trozo de papel para dejar testigo de algo que nunca debe ocurrir. Mi fusil me ha acompañando durante estos últimos nueve meses y cuido esta carga que acepté con la libertad de quién elige un triste destino. No sé si habré matado a alguien, solo disparo a un horizonte vociferante que se mueve en actitud hostil hacia mí; supongo que las balas que me buscan, son disparadas por hombres tan perdidos como yo. Apenas me queda papel así que cerraré los ojos y pensaré en la nada. Veo la muerte con las botas llenas de barro cargando cuerpos sin vida, como mira y sonríe. Vuelven a caer proyectiles que silban fragmentando el aire; miro a ambos lados y solo veo cabezas agachadas, hundidas entre la miseria humana y cubiertas por un casco de acero. Si con mis lágrimas pudiera cambiar toda esta pesadilla, secaría mis ojos hasta ahogar con sal esta podredumbre humana, pero solo son deseos repetidos una y otra vez sin ningún sentido razonado. A lo lejos, se oyen voces de mando; inconscientes y como autómatas empezamos a incorporarnos, a preparar fusiles, y a recordar por qué tenemos que matar, y a pesar de esta vida miserable ¡no quiero morir!; soy tan joven, he vivido tan poco, que no sería justo que mis huesos se pierdan entre pisadas y olvido.
Todo está dispuesto para el ataque, el miedo nos marca los músculos de la cara, la sequedad de la boca y la tristeza de los ojos, oímos el silbato, al tercer toque saltaremos y avanzaremos hacia la próxima trinchera donde nos esperan hombres dispuestos a morir y a vivir como nosotros.
—Muchacho abróchate la guerrera. Eres un soldado del Emperador
—Mi comandante. ¿Moriremos?
—Solo mueren los cobardes.
El comandante sigue su camino entre barro, y muerte, maldiciendo la vida en cada orden. Es el momento de atacar, asomamos nuestras vidas por encima de la trinchera y avanzamos en un torbellino de locura, mientras disparamos y gritamos. Mi cuerpo se mueve impulsado por sonidos de trompetas, mi voluntad no existe, solo el deseo de sobrevivir me impulsa a caminar hacia delante.
Abro los ojos todo es silencio y paz, los arboles mueven sigilosos sus hojas, el sol calienta y la luz molesta, recojo el libro caído a mis pies, la mirada de una enfermera pide silencio y me siento vivo.

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