Rezos
En el silencio de
la habitación, un zumbido de plegaria intenta conectar con un oyente
desconocido y distante. Aprieta las manos entrecruzando los dedos, cierra los
ojos con fuerza, impulsando los inaudibles sonidos que parecen vibrar de sus
labios. Las palabras salen veloces por las rendijas de la ventana elevándose hacia
el cielo, atraviesan nubes, pasan cerca de la triste y sola luna
hacia un camino desconocido. Franquean materia negra, satélites huérfanos, pero
nadie escucha. Se dejan guiar por destellos de estrellas; el camino es largo
pero todavía tienen esperanzas de ser escuchadas, así un planeta tras
otro, un sol, mil lunas, millones de estrellas y nadie escucha.
Un año, o un siglo,
el tiempo como unidad ha perdido su naturaleza, no existe el tiempo y las
palabras cansadas no encuentran el descanso en los oídos a las que fueron
enviadas en su infinito viaje, toman forma de polvo de estrella y se hacen
visibles; chocan con otra materia de antiguas palabras de seres ya extintos y
nacen grandes masas de rocas y magma, creando
un planeta de palabras que se mueve libre de leyes gravitatorias; que en su
inagotable fe, sigue en busca de Dios.

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