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UN ALETEO SILENCIOSO

  Era un hombre ya cercano a los cuarenta años, y a pesar de su extrema delgadez no indicaba debilidad alguna. Por el contrario, se movía con un constante nerviosismo, como si cada fibra de su cuerpo estuviera siempre en alerta. Con facciones marcadas, afiladas como si hubieran sido esculpidas con la precisión de un buril, dotándole de un semblante severo y definido. Su vida necesitaba encajar en los cánones sociales de su entorno. Vivir en su pueblo implicaba respetar ciertas normas no escritas, y la soltería prolongada era considerada como una anomalía capaz de suscitar rumores y comentarios hirientes. Así, sentía que el tiempo jugaba en su contra: a sus treinta y nueve años, lo normal era haber formado ya una familia, para colmo, sus movimientos amanerados motivaban la especulación entre los vecinos. Ejercía el puesto de cartero recorriendo calle arriba y calle abajo. Este trabajo le convertía en un discreto testigo de las pequeñas historias cotidianas de sus vecinos, presencian...

INFINITOS UNIVERSOS

  Una ligera brisa recorre mi piel, agita el mar y percibo el olor de la espuma blanquecina que es movida por las olas. Estoy sentada en la postura de flor de loto, mi cuerpo se hunde lentamente en una arena fina y percibo los tímidos rayos del sol que van abandonando de una manera pausada mi rostro. Junto a mí, Teo apoya su cabeza en mis piernas y extiende sus peludas patas sobre mis pantorrillas, el murmullo de su respiración me hace sentir segura. El sonido de las olas rompe en la orilla y me transmite una paz profunda y oscura, que cobijo en silencio y acalla de mi mente el constante zumbido que vive en mi cabeza, sumergiéndola en una deseada calma. El sol se hunde en el mar, un viento frio me saca del trance y me devuelve de una manera cruel a la realidad de la arena pegada en mis manos. Como cada día y de una manera rutinaria, Teo emprende camino de regreso a casa y yo de una forma generosa me dejo llevar guiada por su instinto y por la fuerza con la que tira de su correa. El...

Instrucciones básicas para escribir una historia

  Aunque nuestras vidas están abonadas por historias que nos hacen crecer como seres humanos, es difícil y a veces imposible escribir una buena historia. Para ello, debemos contar con las herramientas necesarias: una habitación agradable, una silla ergonómica, un techo limpio, una ventana abierta por si alguna musa quiere entrar a ayudarnos, un buen cenicero donde apoyar ese cilindro blanco humeante hoy desterrado, un bolígrafo y papel en blanco o un teclado donde golpear y, fundamentalmente, una lupa, una gran lupa. Aproximémonos con la lupa al pequeño agujero entre el rodapié y la solería y observemos el continuo devenir de entradas y salidas de unas hormigas, examinemos sus antenas, su circulación en fila india y busquemos al personaje de nuestra historia. Una vez elegido, describamos cómo es, pero a través de ese peculiar y dubitativo paso que lo hace distinto; después analicemos su recorrido, sus tropiezos con otras hormigas, sus choques de antenas, su encuentro con una miga d...

Omayra

  Los pobres nunca lo ven venir, nadie les avisa, nadie se preocupa, ¿y dios? Dios siempre está ocupado. Es un miércoles cualquiera en el poblado de Armero, cuando de la tierra surge fuego, agua, lodo, y muerte. Omayra se encuentra atrapada en una pequeña fosa, donde el agua, oscurecida por las cenizas, le cubre el cuerpo hasta la barbilla. En medio de esta situación desesperada, observa con sus grandes ojos negros a una multitud de personas que la miran, como si fuera una atracción. A pesar de su fragilidad, la niña logra emitir un pequeño hilo de voz, marcado por el ritmo armónico de un castellano ribereño, con el que pide ayuda. El frío la envuelve, dejándola casi sin aliento, mientras la esperanza parece desvanecerse ante la indiferencia que la rodea. Un ensordecedor silencio y un hedor nauseabundo de cieno y ceniza, cubre la noche. Se forman grupos de policías, enfermeros…, que cuchichean entre ellos y agachan sus miradas, como justificando la impotencia y ella los mira silenc...

RUTINA

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  Rutina. Es una mañana como otra cualquiera, en el teléfono suena el desgarrador ruido matutino de la alarma que inyecta en mis venas el cotidiano chute de adrenalina; incorporo mi dolorido cuerpo sin hacer apenas ruido y, como de costumbre, trago las pastillas en un par de sorbos. Siento una sensación extraña, como si no hubiera dormido bien, y me dirijo hacia el cuarto de baño. De una manera rutinaria me apoyo en el lavabo, me miro al espejo y el miedo eleva mis pulsaciones. Observo el rostro que en él se refleja y... no me reconozco. Sin lugar a duda la imagen reflejada en el espejo es mi cara, pero esa imagen solo me es familiar; mis ojos tristes con forma almendrada y de color marrón verdoso, parecen ser los mismos, pero no, no son mis ojos. Escudriño los rasgos de mi cara, esa imagen que se refleja también ha heredado la nariz de la familia, una nariz griega, con su tabique recto y bien definido que siempre me dio un cierto toque de distinción. La miro con curiosidad, pero, ...

SIEMPRE

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  Siempre. La edad va eliminando recuerdos, creando materia oscura de la que está hecha el universo; solo algunos se hacen imagen, como una foto inalterable al tiempo, sin ningún atisbo de agotamiento, y esos son los que nos acompañarán el resto de nuestra vida. Busqué en mi memoria y la encontré, no fue difícil, la buscaba con el corazón. Primera foto: Está tendida sobre el sofá, me mira y no me conoce, es la primera vez que nos vemos, me acerco hacia ella como si no quisiera romper algo valioso con mis pasos, ella sigue mirándome sorprendida. No sé qué decirle, es difícil, nunca había conocido a alguien como ella. Segunda foto: ella en su silla de ruedas. Ahora cuando me mira, sonríe y sus ojos se hacen luz, me enamoran Me acerco sin cuidado, la abrazo y ella estalla de alegría. Me hace feliz cuando agita sus brazos y empiezo a entender el lenguaje que emana de sus verdes ojos. Tercera foto: Sobre la cama del hospital, su cuerpo languidece, su boca rezuma saliva, y sus ...

JUBILACION

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  Los días empiezan a perder su identidad; el martes puede ser jueves o el sábado, lunes, el domingo solo guarda cierta similitud a un viernes por la tarde. Voy ordenando mis recuerdos, mido su extensión y todo no llega ni a una micra del universo. El futuro es indiferente y presenta un final triste y previsible. Pero al fin, casi soy dueño de mi tiempo, un tiempo que empiezo a sentir cómo se escapa de entre las manos. Hago balance de una vida, que se diluyó entre llamadas de teléfono, reuniones absurdas, estrés, locuras, y unas ganas infinitas de llegar hasta aquí.