Deseos inconfesables
Su vida
necesitaba tener una apariencia común, ya no tenía edad para seguir soltero y
menos en aquel pueblo, donde cualquier anomalía social, producía un sin fin de
especulaciones, y en general ninguna positiva. A sus treinta y cinco años tenía
una situación acomodada, era cartero y
repartía el correo por las casas, algo que le proporcionaba información
de todo cuanto pudiera acontecer a sus vecinos, además de ocupar sólo la mitad del día, dejando el
resto para atender con devoción Mariana
y de una manera altruista, todo
lo concerniente a la iglesia.
Ella era una
mujer algunos años mayor que él y nunca había tenido pretendiente, al menos
conocido, ni incluso en sus años mozos cuando la belleza es lujuriosa aliada de
la juventud. Sus treinta y siete años pesaban como más de cuarenta sobre ella,
se sentía sola, con la única misión en su monótona vida del de cuidar a sus
padres. Por eso cuando el hizo la más mínima pretensión de amor se agarró a
ella con toda su rabia, era su último billete para poder tener una familia
propia; el amor era algo que dejo de tener sentido para ella hacía tiempo y
aquel hombre era lo más parecido a lo que desea cualquier mujer en sus
circunstancias.
Sin más, todo
pasó a oficializarse; paseos desde la plaza al parque a la vista de los
sorprendidos observadores, visitas habituales a casa de sus padres, y subir a
la iglesia bajo el mismo paraguas los días de lluvia. Todo estaba dispuesto,
para dar el sí quiero y santificar el séptimo sacramento.
Un quince de
agosto, ella se vistió de blanco, y el la acompaño al altar, aquel mismo altar
que el había mimado tanto tiempo y cuya decoración el veía reflejado su sentido
de la belleza.
A partir de aquel
momento, el contrato del matrimonio inició su periodo de vigencia. Para mayor fortuna
y dado que su mujer pertenecía a una clase acomodada del pueblo, cambió de
trabajo y comenzó a trabajar con un primo de su mujer; un joven y hábil
empresario que tenía un negocio de albañilería del que sabía sacar grandes
beneficios. Así pues dejo la vida de cartero y se dedicó a la vida de
representante y coordinador de los trabajos de contratista de albañilería de su
primo; eso le proporcionaba una libertad de horario, que hacia compaginar con
todo lo concerniente a la iglesia. Ayudaba a organizar desfiles procesionales,
pequeños arreglos de decoración en la iglesia, protocolos y pequeñas
actuaciones. Al final del día le esperaba su mujer, con la cena hecha y un sin
fin de quejas sobre sus dolencias, a las que el hacía oídos sordos mientras ojeaba las revistas de moda .Se podía decir que era un hombre
monótonamente infeliz.
Su primo; como
buen empresario, amplió su negocio al negociar con el Ayuntamiento la concesión
de la conservación del cementerio y compró la única funeraria del pueblo, ya
que si algo había rentable en aquel pueblo, era la muerte.
Su vida empezó a
tomar un cierto sentido, desde que tomó las riendas de la funeraria, el destino
había puesto en su camino su verdadera vocación, y se fue enamorando poco a
poco de todo lo que la muerte le iba ofreciendo.
Su trabajo
consistía en trasladar al muerto desde el hospital al pueblo para preparar su
sepelio. Arreglaba todos los papeles administrativos, algo que con el tiempo
consiguió que por unos cuantos euros el mismo personal del hospital se
encargara de realizar; recogía al muerto del depósito, y una vez colocado en el
coche fúnebre emprendía camino al pueblo. Durante el viaje, solía preguntarle
al muerto un sin fin de cuestiones sobre su vida, incluso le hablaba de
antiguas cartas que le había entregado indagando sobre su contenido,
estableciendo un fúnebre monólogo viéndose únicamente alterado por las
sucesivas miradas al espejo retrovisor en el que se reflejaba la impasible caja
del muerto, queriendo buscar la complicidad a sus palabras, aunque sólo fuera
con un breve movimiento de la caja en señal de asentimiento, el silencio
reaparecía cuando divisaba el tejado de la torre de la iglesia del pueblo.
Se entusiasmaba
dirigiendo la ceremonia fúnebre; aparcaba el coche, abría de una manera impetuosa
la portezuela de atrás, sacando con brío el extensible de soportes por el que
deslizaba la caja y mandaba a familiares y amigos del muerto para que le ayudaran a llevar el féretro hasta su lugar
en el velatorio. Para él poco importaba las lágrimas, y los suspiros, ya había
hablado con el muerto y sabia todos sus secretos y preferencias, entre ellos se
había establecido una conexión que el resto de mortales eran incapaces de
sospechar.
Rápidamente abordaba al familiar más cercano y le hace firmar entre
sollozos un sin fin de papeles de la aseguradora e intenta de convencer que por
un poco más de dinero, su familiar se merece un mejor ataúd que el de serie de
la aseguradora, y esa es su producto estrella la " Carrero Blanco”. En
esos momentos nadie es capaz de regatear lo mejor para alguien que ha dejado
esta vida. Del mismo modo última la venta de coronas entre familiares y amigos;
pasea entre corrillos ofreciendo cigarros y dejando las frases hechas que ha
ido repitiendo una y otra vez entre muerto y muerto. Entra en la habitación
donde ya han colocado al muerto en su caja de primera, pide a los familiares
que lo dejen sólo para preparar al cuerpo inerte y pueda presentar durante el
velatorio un aspecto digno y con un cierto rictus de paz. Entonces su
facciones de comerciante fenicio
desaparece para dar paso a una persona enamorada, dulcemente destapa la caja, y
con una mirada cálida recorre el cuerpo inerte y frío, sus manos se deslizan
ingrávidas por el árido fruto yermo y el siente
un pecaminoso placer que le nubla los sentidos y lo transporta a una
orgía extraña del que se avergüenza, a
pesar del sentimiento de culpa, sigue maquillando el cuerpo, arregla el
cabello, alisa el vestido y al final, roza sus labios con el helado rigor de la
muerte.
En la habitación contigua, entre vestidos negros su mujer
cuchichea entre los presentes, lo habilidoso que es su marido dejando
presentable a los muertos; se hace un silencio en su mente y apenas consigue
recordar cual fue la última vez que acarició su cuerpo.
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