UN TRABAJO COTIDIANO
En la pequeña habitación
una mesa redonda de madera rodeada por cuatro sillas está en
silencio esperando en solitario el fin del día. La puerta de sapelli con un
pomo dorado se
halla entornada y la ventana situada en un pequeño testero lateral emite por
sus rendijas
el sonido del patio de vecinos. Una débil luz se refleja en el cristal del
tablero y apenas permite ver el pañito de crochet que viste la mesa.
En la pared lateral la
imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro observa con indiferencia la habitación.
La mano de Juan agarra con fuerza el pomo frio
y abre pausadamente la puerta emitiendo un leve y viejo chirrido. El olor a
pólvora que arrastra invade el pequeño cuarto y el sonido del revolver al
depositarse en la mesa silencia el escenario. Saca un paquete de Ducados y pone
un cigarro en la comisura de sus labios mientras Pedro entra de una forma
airada en el cuarto.
—Acabo de llegar —dice Juan.
—No te guardes la
cajetilla y dame un cigarro —responde Pedro.
—El trabajito ha sido
fácil, el tipo parecía esperarme, creo que con solo el sonido del percutor ya
estaba muerto —dice Juan.
—No sé porque siempre me
tocan los difíciles a mí, he tenido que reventarle la cabeza con dos cartuchos
de mi recortada y a pesar de eso me pareció que todavía quería vivir— exclama
Pedro.
Los dos ríen jactándose
de sus relatos, mientras el humo de los cigarros sube lentamente hasta el techo
de la habitación para, de una forma pausada, dejarse caer en pequeñas nubes de
nicotina.
—Carlos llega
tarde—refunfuña Pedro.
En ese momento un hombre
delgado y con una cicatriz en la cara, envuelto en una sucia gabardina, empuja
la puerta. Al entrar coloca sus dos navajas encima de la mesa de madera, una de
ellas todavía gotea sangre.
—Lo vas a poner todo
perdido Carlos— le recrimina Pedro
—Si la hubiera limpiado
hubiese llegado más tarde—argumenta Carlos.
Pedro sale del cuchitril y
con un grito llama a su hijo que estudia en la habitación contigua.
—Deja lo que estas
haciendo y ve a comprar vino que tu tío Francisco debe de estar al llegar.
El niño de trece años va
al cajón del mueble del pasillo, saca del monedero de su madre unas monedas y
sin rechistar emprende camino a la tienda.
Cuando baja las escaleras
se tropieza con su tío Francisco que con escopeta al hombro sube tranquilamente
las escaleras.
—¿Están todos?
—Si tío Fran, te están
esperando, yo voy a comprar una botella de vino.
—No tardes, tengo sed.
La habitación se ha
llenado de una tenue neblina blanquecina que apenas la hace respirable.
—¡Ya estamos todos! —grita
Francisco al entrar en la casa. Coloca en el perchero una raída gorra de cuero
y abandona la escopeta apoyándola en una esquina del salón.
Sentados en las cuatro
sillas los hermanos discuten de futbol mientras la sangre de la navaja de Carlos
dibuja una mancha roja en forma de lagrima en el cristal de la mesa.
Suena el timbre, una
mujer callada y sumisa abre la puerta, el niño con el vino blanco <Savin>
sonríe a su madre y se encamina hacia el cuarto donde sus tíos y su padre lo
esperan sedientos.
—Tú a tu habitación a
estudiar para hacerte un hombre de provecho—dice cariñosamente la madre mientras
ella lleva los vasos y un plato de aceitunas a los cuatro hombres.
El niño vuelve a coger el
libro por donde lo había dejado, saca la libreta donde toma apuntes y anota
cuidadosamente <errores cometidos por Jeffrey Dahmer>. Él sabe que algún
día en su familia se sentirán orgullosos de él.
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