LOCURA
Hacía una mañana plomiza
y fría, pero mi madre estaba contenta. Me vistió con un pantalón corto de cuero
y tirantes bordados que se cruzaban en mi pecho sobre mi camisa de cuadros. Sus
manos me subieron los calcetines blancos de lana hasta mis rodillas.
—estoy orgullosa de ti,
estás hecho todo un hombrecito —dijo.
Mi madre daba clase en la
escuela de primaria en una calle próxima a mi casa y mi padre ejercía la
profesión de médico en el hospital del distrito.
Me coloqué frente al
espejo para ajustarme el gorro mientras observaba mi pelo rubio y mis ojos
azules; un alemán de raza como decía mi padre.
Era treinta de enero y en
las calles se acumulaba la nieve en las aceras. Aquella mañana había quedado
con mi amigo Simón para celebrar mi cumpleaños.
Las paredes de los viejos
edificios de la calle Unter den Linden estaban empapelados por pasquines con la
esvástica en negro sobre fondo rojo y grupos de hombres con camisas pardas paseaban
desafiantes con sus porras en las manos.
Los ojos negros de Simón resaltaban
sobre su delgada y lánguida cara, él era mi mejor y único amigo.
Sus padres y los míos
nunca se entendieron demasiado bien, pero yo siempre fuí acogido como uno más
de su casa. Su vivienda era majestuosa, decorada con grandiosos cuadros y
tapices, con altas mesas y candelabros dorados.
Los hombres de camisas
pardas gritaban consignas y cánticos desfilando por las calles de mi distrito; habían
proclamado a su líder canciller de Alemania.
Aquel día cumplí once años,
y desconocía los años de pesadilla que marcarían mi vida hasta mi muerte.
Todo fue empeorando con
el paso del tiempo.
—Debes dejar de ver a tu
amigo Simón, es judío. — gritó mi madre.
—¡Nunca!, ni tú ni esos
nazis vais a conseguir que dejemos ser amigos.
—Cada vez que te ven con él,
los vecinos murmuran y tú eres diferente a ellos. —volvió a gritar.
—Tengo dieciocho años y
se perfectamente lo que tengo que hacer y en qué lado tengo que estar.
Vivíamos días convulsos,
en las calles decenas de personas uniformadas entraban en las casas y sacaban cruelmente
a sus moradores. Al doblar la esquina oí gritos y sollozos estremecedores que
salían del portal de la casa de Simón; se me heló la sangre.
Salí corriendo y abracé a
su hermana pequeña que, con una muñeca de trapo en sus brazos, lloraba
desconsoladamente. Un hombre con camisa parda me increpó.
—Muchacho apártate si no
quieres que te parta la cabeza. Un ario no se mezcla con ratas.
Dos hombres hicieron
falta para apartarme y la niña se escurrió de mis dedos como el mercurio.
Los vecinos me miraron
asustados entre la tristeza y el odio, eran la misma gente que había visto toda
mi vida, el vendedor de periódicos, el portero de la finca, el dueño de la
tienda de alimentación…sus caras habían mutado, las sonrisas habían desparecido,
los rasgos estaban tensos, la mirada de indiferencia contra la injusticia era el
denominador común de todos aquellos alemanes.
Cuando llegué a mi casa y
pude entre sollozos hablar con mis padres, su respuesta fue terrible.
—Ya te lo dijimos, no
debes mezclarte con ese tipo de gente. —dijo mi padre.
—Papa, son nuestros
vecinos, nuestros amigos, son alemanes como nosotros.
—Olvídalo, Alemania, no
necesita a ese tipo de seres.
Pegué un portazo y entre
en mi habitación, el mundo se había vuelto loco, mi ciudad había perdido la
razón.
En mi ventana se colaba
el olor a parafina quemada que desprendían las antorchas, los gritos de hombres
y mujeres rebotaban en las paredes de mi cuarto y martilleaban mis oídos. Una
imagen que evocaba las puertas del infierno.
Mis padres no me hablaban,
mis compañeros de clase me insultaban, incluso los vecinos me negaron el
saludo.
Un triste día, vinieron
unos hombres de uniforme, estuvieron hablando con mis padres y me llevaron con
ellos, fui reclutado por la Wehrmacht.
Durante los tres meses de
marcha hacia Paris, apenas había disparado un solo tiro, algo que pasaba
totalmente desapercibido en un mundo de locura colectiva disfrazado de uniforme.
Paris era una ciudad ocupada, triste y preciosa.
A Simón y a su familia los
habían trasladado a Polonia, concretamente a Varsovia, al igual que a todos los
judíos de Berlín. Nunca más volví a saber de ellos.
Acurrucado en una
trinchera, el polvo impregnaba todo ser viviente, el olor a heces formaba parte
de nuestra respiración, las ratas convivían en los estrechos pasillos de tierra
y solo el sonido del silbato significaba algo en aquella vida sin sentido.
Pasé a formar parte del equipo
sanitario dada mi incompetencia con las armas.
Aquella noche la luna se
ocultaba en la otra cara de la tierra, el sonido tomaba todo su protagonismo y
apenas oíamos nada, dudé un instante, un segundo de angustia y salí de la
trinchera. Fue rápido y limpio, nunca esperé menos de mis enemigos.
Mi sangre aria formó un
barro oscuro con una tierra desconocida y me sentí en paz. Esta vez volvería a
ver a mi amigo Simón.
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