UN EXPERIMENTO FALLIDO
Reinaba un silencio metálico, perturbado tan sólo por el sonido hipnótico y lineal de las computadoras. El calor era sofocante en el recinto repleto de hombres con camisas blancas, solo amortiguado por pequeñas unidades de refrigeración que no impedían las marcas de sudor bajo sus axilas.
En una sala contigua siete hombres sentados alrededor de una mesa de caoba escuchaban con atención el sonido de la radio que emitía constantemente la marcha del experimento.
El coste había sido gigantesco tanto en dólares como en tiempo y tras cientos de pruebas y ensayos había llegado la hora decisiva; la suerte estaba echada.
Habían trascurrido cinco horas desde el comienzo del experimento y aun faltarían otras diez horas más en producirse los primeros resultados.
Alberto hacía garabatos en un folio blanco, unos trazos producto de su subconsciente que inspiraban una cierta melancolía.
Roberto había dedicado toda su vida a aquel proyecto, su vida giraba entre leyes físicas y matemáticas inalcanzables para cualquier humano normal. El resultado de años con solo cinco horas de sueño diarias, comida de diez minutos y desconexión total con el mundo exterior, estaba a punto de dar su fruto.
Los demás hombres cuchicheaban entre sí, fumaban y bebían agua de una forma compulsiva.
La puerta de la sala se abrió de una forma brusca y un hombre con un uniforme atiborrado de medallas entró en la sala, se quitó la gorra y la tiró sobre la mesa esbozando una sonrisa de satisfacción, que pasó desapercibida para los presentes.
—Señores, quedan apenas tres horas para el desenlace—exclamó.
Colgados de la pared, cinco relojes de forma redonda marcaban diferentes horas dependiendo de su huso horario.
La radio empezó a emitir de una forma melancólica la voz excitada de un joven que apenas tendría veinte años.
—Estamos a treinta minutos del objetivo, sin novedad, corto y cambio.
Era agosto y en pleno desierto solo las lagartijas paseaban por las anchas y polvorientas calles recientemente construidas.
Alberto, de una manera nerviosa, agitaba su pequeña melena blanca y se rascaba la cabeza.
Roberto encendió su pipa mientras en su cabeza se paseaban miles de algoritmos e hipótesis.
Al poco tiempo, la voz de la radio eleva su volumen y en un sorprendente ¡oh! exclama eufórica:
— objetivo alcanzado, volvemos para casa.
Los siete hombres siguen impasibles, el hombre vestido de militar pregunta por radio.
—aquí puesto de mando, describa situación, corto y cambio.
—Piloto del Enola Gay a puesto de mando, una gran nube en forma de hongo ha cubierto el sol, y los sistemas electrónicos del avión parecen verse afectados. Cambio.
—Puesto de mando a piloto, ¿estado del objetivo? Cambio.
—Señor… la ciudad está arrasada.
Más de ochenta mil personas desaparecieron en una milésima de segundo.
Al salir de la habitación Otto mira el folio con los garabatos dibujados por Albert Einstein. Una gota ha emborronado los trazos de tinta.
Una frase le atormenta su cabeza
<< me he convertido en la muerte, soy el destructor de mundos.>>
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