Corre noche, atrapa todo aquello que huye, envuélvelo, hazlo tuyo y obliga que respire el miedo que produce la oscuridad. Creíste ver la luz en un mundo de sombras, creíste ser única, poderosa, apasionada y sobre todo valiente, una valentía vestida de inconsciente arrogancia, una valentía equivocada de objetivo, perdida y bipolar. Entre la espuma del mar irrumpe cruelmente los rayos del sol, aniquilando cual atisbo de la nada. Los colores te cubren, el calor penetra en tu piel, pero el miedo continúa, siempre el miedo, porque en tu interior, solo existe la noche.
Aunque nuestras vidas están abonadas por historias que nos hacen crecer como seres humanos, es difícil y a veces imposible escribir una buena historia. Para ello, debemos contar con las herramientas necesarias: una habitación agradable, una silla ergonómica, un techo limpio, una ventana abierta por si alguna musa quiere entrar a ayudarnos, un buen cenicero donde apoyar ese cilindro blanco humeante hoy desterrado, un bolígrafo y papel en blanco o un teclado donde golpear y, fundamentalmente, una lupa, una gran lupa. Aproximémonos con la lupa al pequeño agujero entre el rodapié y la solería y observemos el continuo devenir de entradas y salidas de unas hormigas, examinemos sus antenas, su circulación en fila india y busquemos al personaje de nuestra historia. Una vez elegido, describamos cómo es, pero a través de ese peculiar y dubitativo paso que lo hace distinto; después analicemos su recorrido, sus tropiezos con otras hormigas, sus choques de antenas, su encuentro con una miga d...
Era un hombre ya cercano a los cuarenta años, y a pesar de su extrema delgadez no indicaba debilidad alguna. Por el contrario, se movía con un constante nerviosismo, como si cada fibra de su cuerpo estuviera siempre en alerta. Con facciones marcadas, afiladas como si hubieran sido esculpidas con la precisión de un buril, dotándole de un semblante severo y definido. Su vida necesitaba encajar en los cánones sociales de su entorno. Vivir en su pueblo implicaba respetar ciertas normas no escritas, y la soltería prolongada era considerada como una anomalía capaz de suscitar rumores y comentarios hirientes. Así, sentía que el tiempo jugaba en su contra: a sus treinta y nueve años, lo normal era haber formado ya una familia, para colmo, sus movimientos amanerados motivaban la especulación entre los vecinos. Ejercía el puesto de cartero recorriendo calle arriba y calle abajo. Este trabajo le convertía en un discreto testigo de las pequeñas historias cotidianas de sus vecinos, presencian...
Comentarios
Publicar un comentario