Un rutinario camino

 

Un rutinario camino.

Casi todas las tardes visito a mi madre. La distancia es larga desde mi casa para ir caminando, pero aparcar en la barriada Sixto es una tarea complicada.

Son las cinco y media y el sol cada día está más alto. Casi por inercia, realizo el mismo recorrido y veo casi a la misma gente. Los vendedores de la ONCE están apostados estratégicamente cada trescientos o cuatrocientos metros, con su uniforme verde y un estand de diferentes cupones con fecha de caducidad. En calle la Hoz, suelo coincidir con niños con el chándal del At. Juval camino de su entrenamiento, parejas de ancianos que salen de la iglesia de San Patricio y mujeres de edad que sacan de paseo a sus perros.

El muñeco verde del semáforo me da vía libre en mi camino. Las baldosas grises de la acera cambian a blancas y rojas sin una frontera concreta.

Al llegar a Isla Cristina comienza un barrio antiguo, << 25 años de paz>> , bloques de tres y cuatro plantas y pequeños jardines, con fachadas manchadas de barro por la calima de hace algunos años y ropa de faena tendida. El viento orea al igual que la esperanza de la gente trabajadora que habita esas antiguas viviendas.

Cruzo avenida de la Paloma, una avenida oscurecida por grandes árboles que aproximan sus copas de un extremo de la calle al otro. Me dejo llevar por Jorge Guillen hasta la barriada de Girón por calles con nombres de poetas y escritores que se retroalimentan de un costumbrismo popular que evoca una época de sueños perdidos.

Son bloques bajos donde el vil azulejo, vestido de progresismo, salió de los cuartos de baño hacia zócalos y portales rompiendo la belleza del enfoscado y la cal. Me gusta leer los nombres -- ­ García Lorca, Vicente Aleixandre, Emilio Prados-- que me conducen pensativo a la barriada de las delicias. Me cruzo con gente que va hablando sola enfundada en auriculares blancos por un mundo paralelo, o niñas que hablan con una imagen en su smartphone sin un indicio de intimidad.

En Calle Frigiliana esquina con avenida de Velázquez, donde hace años se ubicaba cristalería Erausquin, han instalado un Mercadona que hace de pequeño zoco. En la puerta un hombre extiende una manta con almanaques de imágenes del cautivo o de la virgen

Carmen y hace de la limosna una transacción económica.

El sonido del porterillo tan estridente y vulgar pone fin a la caminata. Mi madre me recibe con una sonrisa y sus ojos se iluminan. La voz de Juan y medio se escapa del televisor inundando la tarde. Echo de menos a mi padre, si él estuviera vivo, Juan y medio no tendría cabida y el galopar de unos caballos perseguidos por unos aguerridos indios sería el ruido de fondo de mi casa.

Siempre la misma conversación, las mismas preguntas y las mismas repuestas y siempre el mismo cariño.

Todo tiene un límite y el programa televisivo de Jorge Javier pone fin a mi rutinaria visita.

La vuelta es aconsejable realizarla en autobús.

 


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