Las leyes del universo.

 

Mientras paseo observo el movimiento de los árboles que son sacudidos por el viento y oigo el sonido de las olas al precipitarse contra la arena moldeando la orilla.

Dios creador usa el lenguaje de las matemáticas para revelarnos los misterios de la creación, solo los escogidos sabemos descifrar las leyes universales con las que se rigen nuestras vidas pasadas y futuras.

Yo solo transcribo aquello que está escrito con destellos de estrellas en el aire y lo revelo al mundo de los mortales.

Los inventos son como piezas musicales: sus notas se entrelazan en pentagramas que ofrecen infinitas combinaciones. En mi mente, los números se agolpan y forman dibujos abstractos que ordeno en fórmulas y algoritmos hasta crear una música nunca oída.

 En mi aula de la universidad de la Sorbona de Paris, emborrono una y otra vez con fórmulas la pizarra intentando oír el sonido holístico del universo.

Repaso una y otra vez los trazos de tiza sobre el encerado y es la música que quería oír.

Mi amigo Henry realiza los últimos retoques en el enjambre de tubos y cables unidos a grandes generadores de energía. Un habitáculo de titanio y acero inoxidable quieren materializar mis formulas cuánticas y al contemplarlo sueño con demostrar aquello que solo yo veo en mi mente.

            —¿Funcionará? —pregunto.

Henry me mira y levanta los hombros.

            — Las notas están, solo nos falta crear el instrumento capaz de tocarlas —dice Henry.

            —Confío en ti, para eso eres el mejor ingeniero de Paris.

Día tras día aquel artefacto va tomando forma, aún más, se va haciendo bello, solo falta que haga mi sueño realidad.

            —Creo que en una semana podremos realizar las primeras pruebas—dice Henry.

            —¿De dónde sacarás toda la energía necesaria? con mis números necesitaríamos dejar a media ciudad a oscuras

            —y dejaría la otra media sin agua si fuera necesario, este aparato tiene que funcionar.

Hoy es el día, probaremos con un pequeño insecto y veremos qué pasa.

Solo es una pequeña e insignificante hormiga, pero podrá ser el testigo de mi proeza. La introduzco en un bote en el habitáculo diseñado por Henry, cierro la puerta y ponemos en funcionamiento el artilugio. Los indicadores van subiendo de intensidad y un pequeño zumbido se apodera de toda la sala; hasta que se hace el silencio, y la hormiga ha desaparecido ante nuestros ojos.

Es un primer paso, ahora hay que revertir el proceso y volver a traerla, esta es la verdadera prueba de fuego.

Uno, dos, tres minutos, se ahoga el zumbido, y otra vez el silencio; la hormiga vuelve al tarro de donde desapareció.

Henry y yo nos miramos y sonreímos, pero… ¿habrá sido un éxito, o solo un truco de magia?

            —Sabes que lo tengo que hacer, la hormiga no va a decirnos donde ha estado, tengo que ir yo, al menos sabemos que podemos hacer regresar al viajero.

            —Y tú sabes que es un riesgo enorme—dice Henry

Medito durante toda la noche, yo he descifrado el mensaje de las estrellas y no tengo otra elección que ser fiel a mí mismo.

Hoy es domingo, Henry me coloca un casco plateado en la cabeza y me siento en el habitáculo de su máquina.

La preocupación de Henry se le escapa por la comisura de los labios, cuando el zumbido vuelve a inundar la habitación.

No hay vuelta atrás, en mi mente los números se disocian en frases desconocidas, la oscuridad es total, el aturdimiento y una pequeña perdida de conciencia me asalta, el miedo me hace abrir los ojos, entonces la felicidad me invade. Todo es tal y como yo formulé.

 

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