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horizonte rojo

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Deja caer su brazo por el faldón de la bañera, la sensación del agua templada le relaja y débilmente su vida se proyecta sobre el fondo blanco de sus sueños, el agua se tiñe de rojo y los párpados se les cierra al ritmo del Moon light de Beethoven. ¿Cuánto vale la vida de un hombre, sin esperanzas? Se pregunta una y otra vez en un triste mantra, acompañado por imágenes que forman recuerdos inventados por una mente moribunda. Su vida no vale nada, nadie daría un céntimo por ella, solo le queda perderla con una muerte apacible e indolora. Alguien abre la puerta y le llama con un angustioso grito. Pero él no contesta, apenas siente la vida y un oscuro silencio va atrapando su alma. Golpean la puerta del baño, el monologo de gritos se convierten en una angustia desesperada y sorda. La puerta se abre bruscamente y la escena sobrecoge al  joven espectador que llora, e intenta en vano atrapar una vida que se diluye en el agua. - ! Padre!....Padre, ¿ Que has hecho? ! Dios! El l...

Una pequeña historia de los 60

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Recuerdo el efecto del líquido helado sobre mi piel, cada vez que me movía en la cama, y como me arropaba con fuerza, intentado dormir, para olvidar otra batalla perdida y sus consecuencias. Una guerra que gané  cuando cumplí los diez años, y que tuve que resistir otros tres años más, hasta el décimo cumpleaños de mi hermano. Lo peor no era la tiritona en invierno, ni las sábanas húmedas, ni incluso aquellos calzoncillos enormes y blancos empapados en orín, sino la vergüenza de cada madrugada al despertarme muerto de frio, y algún que otro correazo en las nalgas, que como terapia de choque administraba de forma vehemente mi padre. Cuando mi hermano y yo dejamos de mearnos en la cama y con la marcha de mi primo, pudimos tener una cama cada uno, fue algo verdaderamente maravilloso para nosotros, eso sí, nunca dejamos de compartir habitación, y con ella, los mismos miedos, las misma pistolas,  los mismos libros y aquellos refrescantes recuerdos. Mi barrio estaba situado...

LA FINAL

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Como cada mañana, espera el autobús que le lleva al instituto, viste un jersey azul y un vaquero, sostiene en su mano una carpeta tuneada con una pegatina verde y blanca, que apoya en su costado y en el interior de la carpeta,  libros , un block de anillas y los colores negro y rojo de la bandera anarquista. Al subir, se coloca al fondo del autobús; y es que a pesar de  los cuarenta y cinco minutos de recorrido, prefiere estar de pie que ir sentado y verse en la obligación de ceder el asiento, como manda la educación recibida y tener entonces que aguantar los empujones de un abarrotado autobús donde suben y bajan ciento de historias con un destino efímero. Las nueve menos diez; los lunes alargan el tiempo del viaje, y tiene diez minutos para adaptarse a un mundo de folios, adolescencia, e ideales. Después de las dos primeras clases, la megafonía  pregona el recreo, produciendo la misma respuesta incondicional que al perro de Pávlov, entre jóvenes llenos de acné y futuro. ...

LA TRINCHERA

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Cientos de hombres huelen a fatiga, dolor y hambre en esta embarrada trinchera olvidada. Me aterra tener que morir, pero sigo aquí, esperando la orden de atacar, impasible, sin tener a quién o que rezar; sin recuerdos de mi niñez, sin rostros familiares que me reconforten en este momento de horror; solo me queda este pedazo de carboncillo y este trozo de papel para dejar testigo de algo que nunca debe ocurrir. Mi fusil me ha acompañando durante estos últimos nueve meses y cuido esta carga que acepté con la libertad de quién elige un triste destino. No sé si habré matado a alguien, solo disparo a un horizonte vociferante que se mueve en actitud hostil hacia mí; supongo que las balas que me buscan, son disparadas por hombres tan perdidos como yo. Apenas me queda papel así que cerraré los ojos y pensaré en la nada. Veo la muerte con las botas llenas de barro cargando cuerpos sin vida, como  mira y sonríe. Vuelven a caer proyectiles que silban fragmentando el aire; miro a ambos lados ...

2 microrrelatos

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Un lugar en el asfalto. Su aspecto desaliñado y sucio no desmerecía su autoridad, o tal vez fuera la firmeza de sus gestos y ademanes la causante de ello. Su piel ennegrecida por el sol y la ausencia de jabón, su adictiva delgadez, y el tatuaje que se atisbaba como nacía desde la muñeca hasta ocultarse por la manga de la roída camisa infundía, sin lugar a dudas, algo parecido al miedo. Su reino, de apenas 40 metros de calle, lo administraba con justicia haciendo cumplir la ley como sheriff del oeste americano con solo un rápido movimiento de brazos acompañado de algún silbido de atención, y al final, el tributo exigido por ocupar un lugar en su mundo y por el poder que le confiere su gorrilla. Lo único importante. La uña del dedo meñique estaba cubierta por una fina capa de nicotina, dándole un color marrón oscuro laboriosamente trabajado, la faz surcada por cientos de arrugas, los ojos diminutos, su calva cubierta por la gorra se recluía del sol y el cuerpo simulaba ser perchero...

¿Por qué decimos musas, cuando queremos decir Vodka.?

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¿Por qué decimos musas, cuando queremos decir Vodka?. A pesar del adormecimiento de mis sentidos, percibo  el frio tacto de la porcelana del inodoro en mis manos, y el punzante dolor de mis rodillas apoyadas sobre el suelo; la cabeza me duele  y veo reflejada mi desencajada cara en la pequeña superficie de agua. En  la noche, la arcada de bilis usa la taza del wáter como caja de resonancia y retumba por toda la vivienda. Vuelvo a tirar de la cisterna, me incorporo a tientas, y enderezo sobre  el lavabo, veo borrosamente mi cara en el espejo; los ojos rojos y como al contraerse las pupilas el iris cobra un atractivo color verde.― Parece que de esta salgo, ―pienso. Abro el grifo y  refresco la cara y, a pesar de la debilidad logro llegar a la cama dejándome caer en ella, intento que la nausea  no vuelva a castigarme de nuevo. Afortunadamente el recuerdo de la noche me trae una sonrisa a la cara, fue una noche redonda o mejor dicho, plana, porque tenía...

30 Noviembre

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Sube la escalera que conduce a la camara, abre la puerta de madera y  surgen rápidos movimientos hacia algún lugar escondido y seguro, de los pequeños inquilinos que allí habitan. Por la pequeña ventana enrejada penetra la claridad de la mañana; aparta los sacos de pienso, algún  trasto traspuesto y entresaca de sacos de papel una cruz negra de forja de algo más de un metro, la deja caer a un lado y ordena el caos producido. Coge la negra cruz, cierra la vieja puerta y baja con cierto ahogo hasta el corral. — ¡Juana!—grita el abuelo. —Ya voy Manuel— responde débilmente la abuela. —Ya puedes ir limpiándola, y aligera que mira qué hora es —dice el abuelo con ese tono de mando moldeado por trances de la vida. La abuela calla, mira con cariño la cruz y entre sus labios se diluye un Ave Maria, mientras con un trapo y agua, limpia con celo, el polvo y excrementos de pájaros acumulados de todo un año. — ¡Ay qué pena, Virgen de Cuadros, ay qué pena!—dice la abuela, mient...